Pesadumbre, ira, dolor, tristeza dominan el ánimo de quienes amamos la patria y creemos que democracia y libertades son valores a defender a muerte.
Sentimientos no suficientes, por desgracia, para arrancar de la garganta nacional el reprimido grito y digna actitud del ¡basta ya!. A tales extremos de declive moral hemos llegado como sociedad, que un hecho de monstruosidad abrumadora como el asesinato de Miguel Uribe, senador de la República, caracterizado censor del desgobierno actual y como pocos perfilado con dotes, virtudes y trayectoria, para ejercer el primer cargo de la Nación, ocurrido a la vista de todos, divulgado al mundo como horrenda muestra de marasmo colectivo, además de sentires reprimidos, más por miedo o indolencia que por mesura, no produce la reacción en cadena esperada, la beligerancia popular espontánea, expresa, para frenar la debacle institucional del país, provocada por Gustavo Petro Urrego y su caterva de desquiciados ladrones. Durante dos meses de agonía, mientras creyentes y gentes de buena fe imploraban a Dios por un milagro salvador de su vida y reparador del daño cerebral causado por las balas, la serie de abusos, arbitrariedades, los caudales de verborrea envenenada, incluso con alusiones burlescas, irrespetuosas, tergiversadas, sobre el hecho mismo, sobre la víctima, su familia y copartidarios, de parte del adicto al mando y su gentuza, no dan tregua.
Rechercher le bénéficiaire, recomendaría Maigret, el personaje de Simenon, el maestro francés de novela detectivesca, a los investigadores de este crimen. Pregúntense quién o quiénes resultan favorecidos al ser eliminado el hijo de la inmolada Diana Turbay, de la nómina de aspirantes a suceder a Petro, y tendrán una línea de investigación segura para esclarecer el homicidio del senador Uribe. El más desavisado colombiano tiene claro de dónde provino en últimas la orden para el gatillero. Sin embargo no será la fiscal Camargo, la misma que protege a Nicolás Petro y a toda la banda delictiva de su padre, quien se atreva a halar del hilo. Resulta tan obvia la responsabilidad , por lo menos y por ahora política, por el crimen, que los vanos intentos del implicado mayor en la trama, de apearse del burro por las orejas, han terminado por hundirlo en las encuestas de opinión. En este lapso de lucha contra la muerte, Petro continuó dando sus habituales palos de ciego en la administración del Estado y muestras cada vez más patéticas de su insania mental, entre otras lindezas, nombrando ministro a un supuesto líder prosti -parecido a progre-. Su Jefe de gabinete, en el mismo plano de insensatez, considera que la muerte a manos de adversarios políticos ¡hace parte de los “gajes del oficio” de la vida pública!
Un capítulo pendiente de aclarar en profundidad es hasta qué punto la ética profesional de los médicos que lo trataron chocó contra la escueta realidad del daño infligido por los disparos del sicario. ¿Cabía entre las posibilidades, vistos los medios de diagnóstico, una victoria contra la muerte y la recuperación por lo menos parcial de las facultades mentales del paciente? ¿No redujo la percepción de gravedad del hecho, la extensión de una agonía sin mínima esperanza? El objetivo de los asesinos tuvo cabal cumplimiento desde el primer instante. Miguel Uribe fue eliminado para todos los efectos, aquel 7 de Junio del presente año, y transcurrida la crucial etapa de investigación, identificados sin lugar a dudas los autores materiales, el velo tendido sobre los determinadores del magnicidio se hace más denso, el enigma, indescifrable.
La tragedia familiar de los Uribe Turbay, de la esposa e hijos del asesinado líder político es por supuesto dolorosa en extremo. Para nuestra Colombia, además de la pérdida no reparable de un hijo descollante y prometedor, su partida hacia la eternidad, representa una frustrante derrota en la lucha por preservar los valores que él pregonaba y defendía.
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