El humor y la tragedia han estado presentes en la novela que se ha escrito a lo largo de este año. Las emociones van cambiando en la medida de la evolución inesperada de cada capítulo de esta historia.
Hace poco estábamos riéndonos con los memes de los «sepultureros de Ghana», unos carismáticos africanos que llevaban un ataúd con coreografía incluida. Provocaron muchas risas aquellos videos que fueron bastante compartidos y nos recordaron que una de las mejores terapias ante las dificultades es el humor. Aunque también era irónico saber que a la par, enterrábamos —sin bailes, rituales, ni despedidas— a miles de muertos en todo el mundo.
Hemos estado expuestos a escenas dramáticas que se han viralizado. Cuerpos abandonados en las calles de algunas ciudades, fosas comunes cavadas en distintos países para enterrar a los infectados que perdieron la batalla y fallecimientos de cientos de personas que murieron en la soledad de sus angustias, han sido imágenes recurrentes en nuestras pantallas. Y junto con ellas, hemos recibido las muertes convertidas en cifras frías que van resignando los sentidos y enfriando las emociones. Pareciera como si lentamente habitáramos la tierra de la frivolidad.
A través de la historia, la muerte nos ha acompañado en forma de guerras, enfermedades, catástrofes. En la actualidad, contamos casi 400.000 personas que han fallecido por el virus. Caen con tal rapidez que se van transformando en números fríos que nos van haciendo inmunes a la pesadumbre, como si ahora los muertos solo se contaran y no se alcanzaran a llorar.
De hecho, en ocasiones, preferimos olvidar lo que estamos viviendo. Miramos hacia todos lados, buscando esperanzas o metáforas que nos saquen de la realidad. Como cuando dirigimos la mirada hacia el cielo y vemos a un cohete escapar hacia el espacio, lejos de esta tierra en la que seguimos enterrando a miles de personas.
Pero sin duda, no logramos fugarnos, ya que se producen tragedias en donde escuchamos una voz que suplica por la vida, agonizando lentamente mientras se le acaba el oxígeno que no puede llegar por culpa de una rodilla posada en su cuello. Vivimos un drama perpetuo que no es lejano. Porque mientras nos horrorizamos por el clamor de George Floyd, las mismas pantallas nos recuerdan que hemos decidido olvidar o mirar para otro lado, cuando casos como los de Ánderson Arboleda se materializan en esta tierra.
Nos estamos acostumbrando a la muerte, a escuchar de ella todos los días. Aunque también nos resistimos a olvidar que lo único que nos queda es nuestra humanidad. Aquella que nos permite reírnos en medio de la tragedia.
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