La visita al mercado público, al restaurante abierto en día y a hora improbables, aplaca las fieras voraces que llegamos a la mesa. Sabores criollos con sazón y atención de hogar, nos proveen de renovada energía para deambular por una vecindad de trazo urbano estrictamente reticular, legado hispano, a su vez grecorromano, finalmente, “paisa”-bella certeza … Continuar leyendo
La visita al mercado público, al restaurante abierto en día y a hora improbables, aplaca las fieras voraces que llegamos a la mesa. Sabores criollos con sazón y atención de hogar, nos proveen de renovada energía para deambular por una vecindad de trazo urbano estrictamente reticular, legado hispano, a su vez grecorromano, finalmente, “paisa”-bella certeza de transmisión cultural trascendiendo siglos, civilizaciones y continentes-, tal como disponían los hábiles agrimensores de las fundaciones. Nota particular, la inusual amplitud de las calzadas y su digna apariencia. Una que otra boñiga caballar, en estas coordenadas más adorno que tacha, recuerdan que el aporte animal al transporte de personas y carga no pierde vigencia; tampoco la pierden -lo encuentro incluso poético- los vehículos todoterreno de carrocería UAS, de fabricación soviética, importados medio siglo atrás, adaptados hoy a las exigencias de la alta montaña colombiana, compitiendo con los Willys americanos, de más edad.
Si algún espacio central, eje comunal, merece nombrarse, parque, el de Murillo en realidad lo es: pinos podados con esmero y otras especies de arbustos entre andenes y sardineles, flanquean un parque infantil multicolor, bien dotado e instalado, sobre césped, donde la niñez local o de visita es soberana. En su costado principal, amplios estacionamientos, cuartel de Policía, templo católico sencillo, severo, sin pretensiones de catedral; alrededor, surtido comercio de bienes y servicios a la medida de sus habitantes, del turismo en expansión, kioscos que invitan al café dialogado, a hirvientes infusiones de yerbas antihelaje. A mediano término, tendiente a la saturación, como nuestros pueblos turísticos emblemas, ya no quindianos, tendremos acá un Salento, un Filandia, comentamos los advenedizos, testigos y dolientes del proceso de transformación física-social -positiva o negativa según quien lo haga y cómo se mire- de las citadas poblaciones, por obra del turismo desbordado. No cabe ahora debate alguno. Allí, en Murillo, extremo norte del Tolima, como lo comprobaremos a espacios abiertos, lejos de luces artificiales, donde el silencio es preciado obsequio, la luna, los astros, brillan a placer en el domo nocturno; mañanas diáfanas, bucólicas vespertinas, la nieve coronando una cumbre de humor intermitente, casi al alcance de la mano, conforman un paisaje de ensoñación. Ruana y sombrero, herencia cundiboyacense, son prendas usuales; mejor, indispensables. En el hogar donde desayunamos al día siguiente, con derivados del maíz, un bodegón con caducifolias nativas, peras, manzanas, como centro de mesa, un craneo vacuno sobre el aparador, zamarros y aperos de montar en el muro, el sofá con un ladrillo supliendo una pata, entre otras curiosidades, inspiran un cuadro surrealista.
Lagunas negras, parajes lunares, yermos, su majestad el frailejón en la solemnidad de las laderas, tajos practicados en la roca para dar curso a la vía, disuasiva, más bien prohibitiva para vehículos de mediano o gran tamaño; hondonadas abismales, quebradas azufradas de color y olor característicos, hiriendo la mole… el vacío dejado por el trozo de montaña que luego de letal descenso convirtió a Armero en un cementerio-playa, hacen del tramo Murillo – ingreso al Parque de los Nevados, un precioso filón en cuyo transcurso el fotógrafo pugna inútilmente por suplantar al cronista, este al poeta, y el pasivo observador, creyente en un Dios que a cada paso despliega maravillas, a los anteriores.
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