Alguna vez quisimos parecernos a quienes nos habían traído el idioma, y fue vano el esfuerzo de copiar a quienes no somos. Intentamos ser como los franceses, inteligentes y soberbios, y tampoco fuimos. Los ingleses, precisos y lógicos, menos fueron un modelo riguroso para nuestras pretensiones de entrar a un primer mundo solo existente en las calificadoras de riesgo de las aseguradoras.
Muchas falencias e insuficiencias, vacíos poderosos e influyentes, debemos tener en la casa y en la escuela, en la realidad virtual, sí nuestra generación es un fiasco para vivir con decencia.
Mis abuelos, hijos de trashumantes y perseguidos, parece que tampoco sabían cómo vivir. La guerra de Los Mil Días o la guerra civil de 1948, o la repartición de la tierra, o la precariedad de la educación, o el autoritarismo como modelo de familia, el patriarcalismo, o la vociferación desde los púlpitos religiosos o políticos, son evidencia de la configuración de un modelo de familia y de sociedad que nos llevó con premura a donde estamos: a la encrucijada de una nación sin norte, perdida del hilo común de valores éticos, apegada a la simulación, en ejercicio de agresividades múltiples, adherida al arribismo, materialista y banal, difusa, casi desesperanzada, casi inviable.
El pasado, padres y abuelos, tampoco fue mejor. ¿Por qué somos un país de opereta, con un presidente que nos avergüenza y unas relaciones tóxicas, enfermas con nosotros y con los otros? ¿Qué hace que nos relacionemos con el exterior desde la sumisión o desde la gritería inútil?
Alguna vez quisimos parecernos a quienes nos habían traído el idioma, y fue vano el esfuerzo de copiar a quienes no somos. Intentamos ser como los franceses, inteligentes y soberbios, y tampoco fuimos. Los ingleses, precisos y lógicos, menos fueron un modelo riguroso para nuestras pretensiones de entrar a un primer mundo solo existente en las calificadoras de riesgo de las aseguradoras.
Ya en el siglo veinte, a finales, logramos lo indecible: parecernos a la familia siciliana, y entonces nos solazamos con El Padrino, con sus mohines, con su poder omnímodo y ríspido, a veces fingido, pero siempre efectivo: nos permite no pensar, no reflexionar sobre el sentido de convivir en sociedad.
A muchos les gustaba que hubiera un presidente de la República que nos mandara a dormir mientras escalaban sus amigotes, como sayayines electorales, los muros de la Registraduría Civil, y a tantos otros les encantaba que Escobar, el gamín de una comuna, desafiara a la Casa Blanca o que un neonazi, vestido de industrial, armara escuadrones nacionalistas en el Quindío, como Ledher, y reíamos a mandíbula batiente y recitábamos poesía. Un tío mío fue a Bogotá a gritar contra la extradición, mientras los poetas de mi tierra, inanes, celebraban al bandido.
Terminamos casi iguales a la familia italiana de las películas, a ese modelo que los cineastas exageraron para argumentar su crítica a la sagrada familia católica, esa que nos acoge y nos arropa, nos entibia el nido, pero que a la vez nos encubre y enmascara.
Los políticos se protegen entre sí y se entrelazan para defender privilegios. Los banqueros los rentan, a los políticos, y los invitan a sus cenas. Algunos académicos, enquistados en las nóminas, crean artificios de conocimiento para saciar su sed de poder, y turnarse en las isabelinas de los despachos. Grupúsculos se entrecruzan en las universidades para defender pensiones obesas u honorarios, y abonan la endogamia de la razón.
Algunos sindicatos, ahítos de fueros y desafueros, se derrumban por cuenta de su falta de autoridad moral. Yo tomo de aquí, tú miras para otro lado. Tú sacas de allá y yo recito un poema o lanzo una baladronada para asustar a los disidentes.
O los elimino, mientras miento mirando a los ojos de todos. Gajes, caracterización de la sagrada familia.
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