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Saldo en rojo

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 6 noviembre 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Una inconciliable deuda con el país, con la sociedad en la cual pervive, deja la generación de pensantes colombianos llegados al mundo en medianías del siglo XX. 

Prematuramente caducos frente a la vacilante irrupción de nuevas promociones con destreza no probada, los colombianos con capacidad de discernir tras la dictadura de Gurropín, testigos impúberes de las primeras imágenes televisivas, de la Guerra Fría entre democracia occidental y comunismo, del exultante triunfo del paredón marxista en Cuba, de la crisis de los misiles, resuelta a favor del Tío Sam ante la firmeza de un JF Kennedy en la cumbre de su recortado mandato, de su visita a Bogotá, invitado por Alberto Lleras, de su asesinato en las calles de Dallas, Texas; espectadores incrédulos de la carrera espacial URSS v/s EE. UU., incluida la huella de Armstrong sobre la luna, de la construcción y derribo del Muro de Berlín, severos jueces de la intervención gringa en Vietnam, atónitos asistentes al derrumbe de la URSS y al golpe de timón político-económico de China, notarios de la reivindicación de la mujer y del medio ambiente en la sociedad, simultánea con el derrumbe de la moralidad religiosa, de la apoteosis tecnológica, electrónica, cibernética, entre otros hitos históricos del mundo, tendrían que confesarse incapaces de haber descifrado a tiempo las claves del rumbo orbital de la postguerra y de sumar al terruño a las corrientes socio-económicas exitosas en otras latitudes. 

Claro, consuelo de tontos, no fueron los únicos miopes; se sumaron, conformes, a la torpeza continental. Jamás comprendieron causas y efectos de violencias endémicas —legado de mezquindades y personalismos de los próceres—, de la masiva fuga hacia las urbes; ignoraron la incipiente pero en su momento prometedora industrialización, generadora de inventiva y labor humana, de la cual fuimos referente en el cono sur, luego frenada de golpe por las promesas redentoras de la apertura económica, de la internacionalización del comercio, obligando el repliegue de la manufactura, del agro, de la minería legal. Pasivos espectadores de la aparición, auge, e influjo transversal en el espectro económico, político, social, aún en sostenido ascenso, de la producción y tráfico de sustancias estupefacientes, factor de trastornos, perversiones, corrupción, violencias de todo orden y en todos los ámbitos, nuestras lumbreras intelectuales se conformaron con producir guiones para series de televisión y películas taquilleras con barniz de denuncia con ánimo de lucro, estimulando la desintegración de valores éticos de convivencia. Intentando ajustar cuentas con el país, se sumaron entusiastas a la falsa paz, a la paz de la ignominia y de la impunidad; sin rubor, consientes del drama venezolano, optan por el silencio, por la ceguera voluntaria; para coronar su “compromiso” con el país, hoy llaman a las marchas, a la protesta sin razón, a la violencia callejera. Verlas en las pantallas, sería su conquista, antes del obligado y deshonroso retiro.


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