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"Se oscureció la cuadra"

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 28 agosto 2020

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No cesa la violencia en Estados Unidos por cuenta de la brutalidad policiva. Ahora es Jacob Blake, quien cae en Wisconsin por las balas de un agente que le disparó por la espalda. ¿Qué sucede dentro de una sociedad como la norteamericana que suponemos civilizada, posmoderna y desarrollada? Encubre sus heridas, las deja cerrar sin … Continuar leyendo

No cesa la violencia en Estados Unidos por cuenta de la brutalidad policiva. Ahora es Jacob Blake, quien cae en Wisconsin por las balas de un agente que le disparó por la espalda. ¿Qué sucede dentro de una sociedad como la norteamericana que suponemos civilizada, posmoderna y desarrollada?

Encubre sus heridas, las deja cerrar sin sanidad interior. Significa que esa sociedad, hiperconsumista, ultracompetitiva, no mira sus monstruos de frente. Los enmascara. ¿Por qué una parte de esa nación, tan avanzada en la ciencia y en las artes, ansía un pase de cocaína, cae en la imbecilidad de los paraísos artificiales de la droga y se enmaraña en la vanidad y el odio de un idiota como Trump?

Deja pasar. Niega sus fantasmas. Persigue en vez de entender y se entrega sin cortapisa al supermercado, mágico y dogmático, de la fe. Acusa de extremismo a quienes se oponen a sus ambiciones y apetitos, y en la sala de su casa los radicales evangélicos palmotean la falsa fiesta de la moralidad.

En una maravillosa novela del español Antonio Muñoz Molina, Como la sombra que se va, está narrada la persecución sin tregua que hizo el FBI de Estados Unidos al asesino de Martin Luther King, a James Earl Ray, quien huyó por el mundo, hasta llegar a Lisboa. 

En esa voluminosa historia aparecen las sospechas de gobierno que siempre pesaron sobre Luther King, sus angustias, y también el desquiciamiento del asesino, que es parte de esa locura colectiva que vive desde hace decenios el norteamericano promedio: no hay freno para sus ansiedades y ambiciones.

Lo llamativo de la degradación de esa comunidad, admirable por sus logros científicos, es que nosotros elegimos de tiempo atrás de manera acrítica parecernos a ellos e imitarlos, ya sea con la adquisición de televisores grandes o de carros altos y de motor poderoso o, peor aún, simulando que somos ricos y absolutamente contemporáneos como lo pretenden allá. Terminamos, por esa fantasía, sometidos a sus intereses y a algunas de sus anomalías.

Hace pocos días en Quindío se suicidó un desplazado del Chocó en Pijao, por cuenta del matoneo y del desprecio social. A sus líos como ciudadano despojado, el niño de trece años, Jaime Alexánder Vera Salazar, fue sujeto de burlas y de gracejos racistas: le decían bruto y que con su presencia “se oscurecía la cuadra”.

Hay lacras sociales en el Quindío que debemos mirar de frente: el feroz egoísmo, el arribismo, el machismo sin fin, el racismo y el afán de lucro fácil. Subculturas de la violencia que, cuando se hacen visibles, nos impulsan a mirar para otro lado. Para la montaña. Para decirnos entre nosotros, como siempre, que somos maravillosos.

¿Qué hace que nuestros hijos estimen, desesperanzados y ociosos, que la droga o el escapismo a través del suicidio, es una alternativa viable?

En mi caso encuentro sosiego, ante la adversidad, en los libros. Lo mismo debería pasar con los niños y jóvenes del Quindío.

 


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