Ha ido haciendo escuela en Colombia que muchas obras, construidas para beneficio de la comunidad quedan inconclusas, a media marcha y, con el paso del tiempo, se va notando la ruina, el abandono estatal y la desfachatez de los politiqueros de oficio y los avivatos que, a costa del dolor y sufrimiento de los más … Continuar leyendo
Ha ido haciendo escuela en Colombia que muchas obras, construidas para beneficio de la comunidad quedan inconclusas, a media marcha y, con el paso del tiempo, se va notando la ruina, el abandono estatal y la desfachatez de los politiqueros de oficio y los avivatos que, a costa del dolor y sufrimiento de los más pobres, se han enriquecido, gozando de privilegios y blindados ante la justicia, que no actúa en contra de ellos.
El Quindío, no se escapa a esta realidad. Hay secretos a voces, en los corrillos, pasillos y en la calle, evidencia de que las cosas no andan del todo bien. Se habla del que se robó los dineros públicos; de quien salió ileso después de una ardua investigación; de quien paga coimas, de los lugares donde se distribuye y venden los estupefacientes, de las ollas, de los malandros que deambulan por las calles, de los ladrones de oficio y los de cuello blanco, de aliados de los mandatarios de dudosa reputación, etc., lo llamativo, es que lo que se escucha en la calle, lo sabe la fiscalía, lo conocen los jueces de la República, lo sabe la policía y cuando se pregunta: ¿por qué no se hace nada al respecto? la respuesta siempre es la misma: ‘tienen padrinos que los cubren’, ‘están blindados’, ‘no se les ha podido verificar nada de lo que se les acusa’. Y en verdad, reconocemos que, en Colombia y en el mundo, nadie puede ser declarado reo, hasta que no se demuestre lo contrario; todos tenemos derecho a la legítima defensa. Y a pesar de este derecho, con qué facilidad, a través de los medios de comunicación, se difunden noticias de personalidades e instituciones, a quienes se les mancilla su nombre, por supuestas denuncias.
Pareciera ser que aquella frase de cajón: ‘la justicia es solo para los de ruana’, tuviera eco social, más profundamente de lo que imaginamos. Hoy se habla de una urgente reforma a la justicia. ¿Cuándo será? ¿Quiénes la harán? No es justo que, sigamos padeciendo el lastre de la corrupción y que sigamos escribiendo páginas de violencia y sicariato, con el peligro de repetir la historia de los ochentas, cuando en las grandes ciudades estallaban carros bomba y, en las veredas y cruces fronterizos, se atentaba contra la fuerza pública, sembrando terror, minas anti personas y olor a muerte.
Como ciudadano, cuando llegó la pandemia, pensé, como quizás pensaron muchos colombianos, que el confinamiento obligatorio, al que nos vimos todos abocados, sería una ocasión propicia para hacer frente a la delincuencia, al micro y al narcotráfico, para poner en cintura a los grupos al margen de la ley y contrarrestar fenómenos como el suicidio, la pobreza, la violencia intra-familiar, etc. Sucedió todo lo contrario, pues mientras muchos estábamos encerrados, cientos de personas seguían transitando por las calles, haciendo de las suyas; muchos pudieron moverse ‘libremente’ porque, aprovechando las excepciones, buscaron, como siempre, prebendas, para ir y venir como ‘Pedro’ por su casa. Y, aunque las estadísticas muestran una realidad contraria, las consecuencias visibles, las padecemos hoy en Colombia y en el mundo: más inseguridad, aunque para muchos mandatarios, es sólo una ‘percepción’; mayor pobreza, crecimiento de la violencia intra-familiar y las riñas entre vecinos, se incrementó la intolerancia, aumentó el número de asesinatos, se incrementaron los suicidios, se propagó con más fuerza el consumo de sustancias psicoactivas, creció la habitanza de calle, engrosando los cordones de miseria, se hizo más evidente el maltrato infantil y la violencia contra la mujer, se hizo más notorio el irrespeto a la autoridad y la pérdida de credibilidad de las instituciones y tristemente, Dios fue expulsado de muchos hogares. A pesar de todo, aún es posible cambiar esta realidad, porque es tiempo de esperanza y reconciliación.
El camino está trazado: volver nuestra mirada a Dios, creer en nosotros y en los otros y, pensar que un nuevo amanecer es posible. Invito a todos, a ponernos en marcha, por la reconciliación y la paz en el Quindío y a no permitir que esta patria querida se desangre. Cada uno debe ser un faro de luz, capaz de deponer el orgullo y el egoísmo para pensar en el bien de los otros en esta casa común.
- Temas relacionados :
