A veces quisiera irme a vivir al planeta de la nadería: allí habitan algunos miles de mercantilistas, millones de incautos espectadores, vendedores de humo por micrófono, unos pocos magos y artistas y decenas de hombres aterrorizados por la eventualidad de un fracaso. Miro en la televisión y de ese mundo, ahíto de naciones y de charlatanes, … Continuar leyendo
A veces quisiera irme a vivir al planeta de la nadería: allí habitan algunos miles de mercantilistas, millones de incautos espectadores, vendedores de humo por micrófono, unos pocos magos y artistas y decenas de hombres aterrorizados por la eventualidad de un fracaso. Miro en la televisión y de ese mundo, ahíto de naciones y de charlatanes, me llega la algarabía: el partido finalizó cero-cero.
El año pasado, por cuenta del ascenso del Deportes Quindío a la serie A, fui a acampar, nervioso y enfebrecido, en las tierras de la expectativa. Quintabani, el colombo-argentino, el arquero de mis abuelos, me devolvió por unos días el fragmento de una ilusión. No obstante, él mismo y ese fenicio con alma de liliputiense, de apellido Ángel, me extraditaron de nuevo al territorio de la realidad y el pragmatismo.
El Quindío jugaba a no perder y, por marca del destino, volvió sin tocar césped a los hediondos sótanos del infierno. Ese juego de balón y de hombres apresurados parece un reflejo del erial autocomplaciente de nuestra sociedad.
El fútbol colombiano, excepto por unas cuantas personalidades que están en el exterior, se juega en los terrenos de la mediocridad. Y así se desempeña nuestra tricolor. Anclada en un escenario de prevenciones y amarres que hacen pesado el balón y vuelven marmotas a los jugadores de turno: nuestra selección Colombia/Polombia.
No es lógico pensar que el deporte, y en especial el fútbol, sea distinto a lo que vivimos: un país estremecido por la violencia, mediado por la corrupción y la subcultura mafiosa, y anquilosado en sus propios temores. Miasmas de este pantano que nos ahoga.
Ya sabemos que los directivos de la Federación del fútbol, amangualados con algunos jefes de las ligas aficionadas, y protegidos por la Fifa, trafican con la boletería y la revenden en muchos casos, reciben y dan sobornos, vetan a los jugadores que exigen sus derechos de seguridad social y, para completar, miran para otro lado cuando un equipo oferta sus partidos. En el Llaneros Fútbol Club, hace poco, algunos jugadores se volvieron estatuas de sal para nuestro balompié: rifaron al mejor postor, por un calado, su dignidad.
Es posible que, con unos puntos de más, la selección vaya al mundial y que esta tarde, o pasado mañana, juegue a lo que bailan los negros del pacífico, es decir, a la danza de fertilizar los campos con el ritmo de un tambor vociferante y triunfador. Es viable. Pero igual da. Nuestro entrenador Rueda, y muchos de los jugadores, le tienen pavor a mirar el camerino de enfrente. A muchos nos pasa en este país: queremos seguir en las mismas, en el metro cuadrado de nuestra resignación.
Uno quisiera en ese planeta de la nadería, el fútbol profesional, que el equipo jugara a la felicidad de buscar, en el arco contrario, una resolución a sus miedos. Dejar de esconderse en el arco propio y, con regateos y movimientos hacia adelante, olvidara el rito vicioso de mirarse la espalda.
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