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Sembrando para el futuro

César Castaño

jueves, 22 agosto 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El conflicto armado ha dejado una enorme huella en la estructura valorativa de los colombianos. La indiferencia, como respuesta a una larga tradición de violencia en Colombia, se refleja en la indolencia ante masacres, desplazamientos, sicariato y otros males que por su frecuencia, no escandalizan, ni movilizan, ni modifican nuestras rutinas.

La violencia, adoptada culturalmente por los colombianos como forma recurrente para resolver problemas y dirimir diferencias, exige trabajar en la formación de ciudadanos demócratas y participativos; respetuosos del ser humano, de su dignidad y de los derechos humanos.

Por ello se hace necesario seguir trabajando en educación para la paz. La educación figura como una de las más valiosas herramientas para la construcción de una cultura de paz. Por experiencia sabemos que no basta la firma de un acuerdo, John Paul Lederach, académico estadounidense, especialista en mediación de conflictos afirma que: “un acuerdo de paz es la punta de un iceberg: detiene la guerra, pero no necesariamente resuelve lo que la mantuvo a flote”.

Si bien la violencia y las guerras hipotecan el futuro de las sociedades, en el caso colombiano la educación para la paz, en clave de transformación de conflictos, es la única salida para sentar las bases para reconstruir el tejido social, fortalecer la confianza e inspirar a las nuevas generaciones a comprometerse en la construcción de una sociedad participativa, incluyente, plural, equitativa, justa y respetuosa de los derechos humanos.

Las escuelas y las universidades son un importante referente de valores, pues en ellas se propician espacios para el diálogo, el intercambio pacífico de ideas y el desarrollo de una ética democrática, humanista y civilista. Por ello es digno de reconocimiento el interés en estos temas por parte de instituciones de educación superior como la universidad del Quindío, La Gran Colombia y Alexander von Humboldt. De entidades como la Edeq y la cámara de comercio, pero también la Personería municipal a través del diplomado en ciudadanía y paz adelantado con personeros estudiantiles. La gobernación con los diferentes programas en desarrollo y la alcaldía de Armenia con el seminario cátedra de paz, dirigido a docentes y orientadores.

El panorama es alentador, si no lo fuera todos estos emprendimientos y tantas otras iniciativas que quizás desconozco no estarían avanzando. La esperanza de una Colombia en paz es posible, exige el compromiso de todos nosotros. Los conflictos armados de larga duración tienden a endurecer el corazón. Por ello ningún esfuerzo será en vano y ninguna época tardía para iniciar esa tarea que a todos edifica: educarnos para la paz.

* Exasesor Oficina del Alto Comisionado para la Paz


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