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Señales de peligro

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 2 julio 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Para comprender la fatídica ruta histórica que estamos transitando en Colombia, es ineludible recordar el paso a paso de Venezuela a manos de Hugo Chávez en el arranque de siglo, cumpliendo el objetivo anunciado de hacer añicos su país. Cuando en la ceremonia de posesión, rodeado de entusiastas zurdos de todo el orbe, juró el cargo, lo hizo sobre “la moribunda constitución” vigente, según su exacta expresión.

Muy pocos pudieron prever entonces el alcance de aquel “ábrete Sésamo” frente al tesoro público de la primera potencia petrolera del continente, y hacia qué extremos de ruina física, éxodo humano, desintegración social, llevarían los desmanes del golpista ex Coronel, y del conductor de buses que, tras su muerte, apropiado de la dictadura, continuó la tarea. Pese a las muertes inútiles del fallido golpe de estado que encabezó contra el gobierno de Rafael Caldera, el excarcelado traidor fue elegido presidente por crédulas mayorías que igual ignoraron las luctuosas experiencias de otros países latinoamericanos caídos en desgracia con cargo a doctrinas pregonadas por Chávez como estandarte ideológico del gobierno entrante. Cuba, Chile, Nicaragua, El Salvador, ya arrastraban el lastre de regímenes comunistas fracasados sin atenuantes. Más adelante, a la lista se adhirieron Ecuador, Argentina, Perú y en la actualidad, Colombia, sin que puedan reclamar sus promotores ni uno solo de los malogrados ensayos como exitoso.

Y uno de los primeros empeños de Chávez, ya en el poder, consistió en hacerse una constitución a la medida, un instrumento que le permitiera tomar el control absoluto del Estado, dándole barniz de legalidad a todo abuso y acto arbitrario, convirtiendo el resumen del texto en el nuevo “libro rojo” del comunismo tropical, esgrimiéndolo como arma arrojadiza en cuanta alocución o escenario público presidía.

Gustavo Petro no contaba tres años atrás a inicios de su mandato, con una economía boyante. Al contrario, tras el demoledor golpe asestado por el COVID 19 a las finanzas estatales de la mayoría de países, no eran halagüeñas las expectativas. No obstante, nuestra versión criolla y desmejorada de tiranuelo rojo, se inventó a la carrera una reforma tributaria, mucho más severa, cruel, que la propuesta por su antecesor, Iván Duque -por la cual fue vapuleado sin clemencia, al tiempo pretexto del levantamiento social promovido por el hoy presidente-, cuyo producto jamás redundó en beneficios sociales y sí en colosal corrupción.

En ello radica la mayor diferencia respecto al vecino del noreste. La ilimitada chequera en dólares de la cual disponía el aprendiz de dictador llanero para hacer y deshacer a su antojo, adquiriendo apoyos y conciencias al contado dentro de su país y en el exterior, marcó toda una época de despilfarros, de donativos archimillonarios en dólares efectivos o representados en despachos de hidrocarburos, destinados a países con mandatarios sobornables, proclives a dineros tranzados por debajo de la mesa, con el objetivo de promover liderazgo continental. Sus sueños mesiánicos no cabían entre fronteras patrias; pugnaban por conquistar apoyo popular con derrame internacional. El resultado de semejantes locuras, estupideces, desafueros, saltan hoy a la vista del mundo: una diáspora sin antecedentes, por lo menos en el plano latinoamericano; ruina, miseria, inactividad económica y atraso social insuperable. Venezuela figura en el concierto de naciones como el anti ejemplo, como el referente de todo cuanto no se debe hacer; sus nacionales desperdigados por el orbe en condición de miseria, de parias sin país ni destino cierto, nos lanzan gritos de alerta. ¡Ojo, colombianos. Van por el camino que no es; abran bien ojos y oídos a los avisos de peligro; no se dejen robar la patria de sus antepasados y de las generaciones futuras. Defiendan la dignidad y su heredad antes de que sea tarde!


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