La relación de la sociedad con sus escritores ha sido siempre paradójica y controversial. A Lorca lo fustigaron y lo fusilaron porque discrepaba de sus verdugos. A Miguel Hernández, poeta también, la España franquista, lo asesinó. Roque Dalton, Naguib Mahfuz, Nobel de literatura, y el mismo Salman Rushdie, fueron perseguidos por cuenta de enemigos, políticos … Continuar leyendo
La relación de la sociedad con sus escritores ha sido siempre paradójica y controversial. A Lorca lo fustigaron y lo fusilaron porque discrepaba de sus verdugos. A Miguel Hernández, poeta también, la España franquista, lo asesinó.
Roque Dalton, Naguib Mahfuz, Nobel de literatura, y el mismo Salman Rushdie, fueron perseguidos por cuenta de enemigos, políticos o religiosos, que convirtieron sus obras en blanco de sus iras. Hace poco Sergio Ramírez y Gioconda Belli fueron obligados a exiliarse de Nicaragua, por orden del dictador Ortega, que hizo de su revolución sandinista una excusa para su megalomanía infinita. Los políticos no toleran a los escritores de su tiempo o, tampoco, a los que recuerdan la historia de sus pueblos.
Los jefes de Estado, los líderes políticos, los gobernantes o los aspirantes a dirigir una sociedad, casi siempre, entienden a los artistas o escritores como actores divergentes de una sociedad que ellos aspiran a uniformar de acuerdo con sus deseos. Los escritores, sobre todo los deliberantes y críticos, no huelen bien en la sala del poder.
A muchos escritores los han castigado quemando sus libros, desterrándolos o, también, ignorando sus obras, dejando que sus voces se apaguen en la indiferencia o en la indolencia de un silencio ominoso.
Hace 15 años el gobernador de esa época, Julio César López Espinosa, recordado entre otras iniciativas por su apoyo a la cultura del Quindío, creó la Biblioteca de Autores Quindianos, y desde ese tiempo, salvo los dos últimos períodos de gobierno, la comunidad ha podido disfrutar de una colección que se ha hecho por el esfuerzo del programa de Literatura de la Universidad del Quindío, por la participación de la Academia de Historia, y por el interés de decenas de escritores por legar sus derechos de autor a la comunidad quindiana.
Desde el período de Roberto Jairo Jaramillo –nefasto por su banalidad y por sus manejos torticeros-, hasta ahora, que nos corresponde el de Juan Miguel Galvis, y Felipe Robledo, la Biblioteca de Autores Quindianos ha recibido, en una primera instancia, el desdén de un gobernante, como el pasado que contrató mal la edición de los libros, dejando en manos de empresas inexpertas su publicación con un resultado que salta a la vista: libros mal hechos, sin ningún rigor editorial en su impresión.
Antes se habían publicado 58 títulos, que recogían investigaciones y textos ya tradicionales de nuestra historia. La actual Secretaría de Cultura no publica los libros ya diseñados, no promueve bien los ya publicados y no ha hecho el montaje de un lugar virtual para alojar la Biblioteca en la internet.
Con Felipe Robledo a la cabeza, un secretario con aspiraciones políticas, sin experiencia en el sector cultura o en la administración, el asunto pasó de Jaramillo a oscuro: ni siquiera se han publicado los libros pendientes del año pasado y el comité editorial, creado por el decreto 752 de 2010, como independiente, ya no es respetado ni acogido en sus recomendaciones técnicas.
El actual gobierno, entonces, se ha convertido en una amenaza para un proyecto social y cultural que es un paradigma en Colombia.
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