Propongo dos desarrollos industriales que pueden transformar el mundo, eliminando sendas miserias sociales: uno, un producto químico de bajo costo y alta efectividad, que elimine los rastros de chicles o gomas de mascar en pisos de lugares públicos. Dos, un neutralizante de olor a cannabis, adherible a la misma hierba. Técnicos, científicos, investigadores; he ahí … Continuar leyendo
Propongo dos desarrollos industriales que pueden transformar el mundo, eliminando sendas miserias sociales: uno, un producto químico de bajo costo y alta efectividad, que elimine los rastros de chicles o gomas de mascar en pisos de lugares públicos. Dos, un neutralizante de olor a cannabis, adherible a la misma hierba. Técnicos, científicos, investigadores; he ahí dos retos que de ser superados, además de toneladas de dólares para quienes lo logren, producirían un gran alivio al género humano.
Visitantes primerizos de Nueva York, de la Gran Manzana, como se nombra el corazón de esta metrópolis, se esmeran en colgar en redes, fotografías de rascacielos icónicos, de la Trump Tower, del Empire, las torres del WTC, de cualquiera de las asombrosas moles que por centenas existen en Manhattan o en los demás distritos del monstruo urbano. Igual, imágenes de Time Square, la esquina más nombrada del orbe, chicas libres de ropa incluidas, Central Park, del zoo, Madison Square Garden, etc. A nadie le pasará por la mente remitir fotos de las sombrías y en estos meses hirvientes, estaciones del tren subterráneo, sus pisos de tránsito incesante, muros, ascensores, sin mínimo mantenimiento, de la basura acumulada entre los rieles. Impensable venir desde remotos confines del planeta a fotografiar suciedad, indigentes o lunáticos de la urbe subterránea. Sin embargo, en simultánea con la espectacularidad de monumentos y construcciones, de impecables avenidas, de la disciplina mostrada por conductores y peatones en las diversas zonas comerciales, bancarias, de oficinas y multiservicios, igual existe una Nueva York caótica, deplorable, donde no pareciera llegar la acción sanitaria, de mantenimiento del complejo entramado. Desde luego, no serán las mismas en cuanto a pulcritud las estaciones del Bronx, de Queens o Staten Island, respecto a Brooklyn, o Manhattan, centro de gravedad, todavía y por lo menos, de gran parte del mundo. Obvio, no es Nueva York, las estaciones del subway, los únicos lugares agredidos por los masticadores de goma. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego; desde Portugal hasta la Cochinchina, en lugares públicos de todo tamaño y condición en los cinco continentes, los millones de renegridos pegotes adheridos sin remedio, envilecen los pisos de mayor tráfico. ¿Prohibir producción y consumo? En pocos días tendríamos carteles de gomi o chicletraficantes, regados por todas partes, violando controles, corrompiendo autoridades, agregando sangre al producto, y a la izquierda internacional elevando a derecho fundamental el consumo de la sustancia. Divulgar de qué porquerías está hecho, quizás disuadiera a algunos chicleadictos. Es todo cuanto puede intentarse.
Lo del neutralizador de aroma: hace décadas recalé por vez primera, turista medio mendicante, en el Distrito Federal mexicano. De alcantarillas, sifones, de cada expendio de comidas, emanaba la inconfundible fragancia del maíz cosido. Así, cuando al regreso, allegados y amigos indagaban sobre la experiencia, no dudaba en iniciar el relato con esta sentencia sin intención peyorativa: México huele a tortilla. Hoy, si alguien me preguntara por la incursión a la mega ciudad que jamás duerme, casi, casi, tendría que responder, luego de transitar calles, avenidas, de rendirme pasmado ante tantas maravillas, de tomar segundos aires sentado en escaños de parques, resignado ante la permisividad, y seguramente a disgusto de mi Sarita, guía, anfitriona espléndida y cómplice de su andariego padre, defensora del lugar que la acoge, al tiempo cuna de mi nieto, Tomás: Nueva York, al igual que ya bastantes ciudades del planeta, hiede a Marihuana.
Todo lo anterior para, al final, pese a cualquier reparo, en coro con Sinatra y Minnelli, entonar: Si puedo llegar allí (If I can make it there)/ Voy a llegar a cualquier parte (I’m gonna make it anywhere)/ Depende de ti, Nueva York (It’s up to you, New York).
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