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Sin misericordia

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 16 julio 2021

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Se juntaron el hambre y la necesidad. Así decían los abuelos cuando a la irrupción de un problema, a su cuerpo, se le vinagraba una pústula o se abría otra herida. Es el caso del hospital La Misericordia, centro de sanidad de los calarqueños, y un recuerdo vivo en la mente de nuestros conciudadanos. Un … Continuar leyendo

Se juntaron el hambre y la necesidad. Así decían los abuelos cuando a la irrupción de un problema, a su cuerpo, se le vinagraba una pústula o se abría otra herida. Es el caso del hospital La Misericordia, centro de sanidad de los calarqueños, y un recuerdo vivo en la mente de nuestros conciudadanos. Un recodo de nuestra memoria.

Después de que la ley 100 de 1993, expedida luego de la nueva Constitución de Colombia, convirtió a la salud pública en un negocio ordinario, por influencia del entonces senador Álvaro Uribe Vélez, en el Quindío, y con la anuencia de muchos, se profundizó la subcultura de la politiquería y del “contraterismo”.

Recuerdo que hace 22 años, luego del sismo de 1999, el médico Hernán Jaramillo Botero, gerente del hospital, ante la amenaza del gobierno de tirarle al piso el edificio, de tumbar su estructura, se opuso con la legitimidad moral que le confería la provechosa gestión que había desarrollado con la aplicación de su controvertida dieta y con sus habilidades de cirujano mayor. No dejó que le derribaran el hospital de sus amores y desvelos.

Allí en el hospital La Misericordia tuve mi primer empleo, en el que duré en mi función de picapedrero solo una semana, como ayudante de construcción en la ampliación del laboratorio, en 1982. Duré poco, por la flojera de mis manos y de mi ánimo. 

En el sector antiguo, hermoso por la balaustrada circundante y por su arquitectura tradicional, en una de sus habitaciones murió mi madre, Silvia, cuando yo apenas tenía 3 años. Muchas veces caminé por la acera de enfrente para imaginar mejor sus últimas horas, sus suspiros finales.

|El médico Jaramillo, dinámico, tozudo y honorable como pocos, logró la admiración de sus conciudadanos cuando fue gerente. Luego, llegaron médicos de toda laya y filiación a dirigir y saciar los apetitos de los políticos del Quindío. Desde allí se orquestó, con puestos y contratos, la candidatura de una joven calarqueña a la asamblea departamental, cuando el fallecido Jorge Alberto Cardona orientó esa institución.

Fue convertido el hospital La Misericordia en un fortín político de Cambio Radical en la espantosa gobernación de Sandra Paola Hurtado, quien se tomó el centro para responder a cuotas burocráticas, tal y como lo denunciaban algunos ciudadanos. Ahora recuerdo la defensa del hospital que hizo Roberto Acosta Garcés, representante de los usuarios en la junta directiva.

No sobrevivirá el hospital La Misericordia, como sus extensiones en centros de salud, sí los calarqueños no reaccionamos como uno solo. Bien se sabe que habría que exigir el pago de 13.000 millones de pesos por parte de las aseguradoras y las EPS, agencias privadas que manejan los recursos de la salud.

Y al mismo tiempo, habría que pedirle al gobernador Jaramillo y al alcalde Balsero una tregua en sus diferencias políticas para que luchen, a brazo compartido, por la salvación del hospital.

La Ley de Uribe, la 100, y la politiquería local si derribarían al hospital La Misericordia.


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