En la parafernalia electorera que por estos días empieza a incrementarse, en medio de los eventos públicos y por entre los globos, los pendones y los jingles, esperan con cara de resignación los contratistas de entidades como la alcaldía de Armenia, la EPQ y la CRQ a que lleguen los candidatos que les impusieron, con la esperanza de que los vean y de que se acuerden de ellos al momento de necesitar de sus favores. Casi que obligados por la maquinaria construida desde los años fucsia del gobierno, hombres y mujeres esperan el visto bueno de sus jefes, que ponen a un lado de la balanza la lealtad a una causa en la que no creen, y al otro lado el futuro laboral, los sueños y la dignidad.
Se hace campaña desde el hambre, desde la inquietud por un futuro incierto, desde la necesidad. Pero flaco favor les espera, aún si llegan a triunfar en su empresa, porque simplemente las matemáticas no dan. Y no dan por una regla tan simple de la política hoy en día pero tan invisibilizada: hay que devolver favores. La libertad de acción del gobernante dependerá directamente de la cantidad de acreedores, de lo puesto en juego por cada uno, y de su hambre.
Los canales de comunicación de la fórmula PaPa, como se le denomina al binomio entre Jorge Ricardo Parra para la gobernación y James Padilla para la alcaldía de Armenia, publican orgullosos la adhesión de partidos y movimientos, que en un primer momento y para el lector incauto podría ser sinónimo de fuerza electoral. Pero en términos prácticos, menos es más, y en la medida en la que se suman fuerzas a un proyecto político, este se tiende a debilitar una vez sube al poder. ¿Qué le espera a un contratista que apoya una campaña así, cuando deba competir por preservar un puesto requerido por muchos y donde las personas son vistas como cuotas políticas de quienes metieron para la vaca?
Porque a todos tendrán que cumplirle. Y en esa dinámica, como siempre sucede bajo las toldas de esta corriente, son los contratistas los más vulnerados, al tener que defender con uñas y dientes su estadía en el gobierno. Los mandos medios lo dicen entre las paredes del CAM: “Necesitamos compromiso, porque allá afuera hay una fila de gente que quiere trabajar”. Es un trato leonino: entregar el voto, la decisión y la libertad por un contrato a 3 o 4 meses sin seguridad de ser prorrogado. Los únicos que ganan están arriba, manipulando los ánimos y partiendo la torta de la que saldrán las migajas que le entregarán a sus seguidores y militantes.
Pero además se resiente la capacidad de gestión y ejecución del gobernante. Deberle favores a tantos aliados conlleva más temprano que tarde a que se crucen intereses particulares; a que se cohíban acciones necesarias e incluso deseadas, para no pisarles la cola. Aquel presupuesto que el mandatario pretendía utilizar para una vía termina desviándose a la compra de un lote, por lo general de propiedad de uno de los aportantes. Así no hay cómo cumplir con un plan de desarrollo, que se queda en letra muerta porque hay que llevar bien al amigo.
Y cuando se sale del amiguismo para gobernar ¿qué pasa? Ahí nos queda la historia de Sandra Bibiana Aristizábal, que llevó de la mano al condenado Mario Castaño hasta donde el gobernador Roberto Jairo Jaramillo, quien una vez se dio cuenta que entre ambos estaban manoseando la contratación en el Quindío, dio por terminada la relación. En adelante la representante a la Cámara y su hermano Armando Aristizábal desde la Asamblea no han hecho más que acusar al mandatario sin tener pruebas, tratar de enemistarlo con actores de todo tipo, tratar con artimañas de ponerle trabas jurídicas y emprender una campaña negra de la que todos somos testigos, sin que sus perpetradores se avergüencen.
Señor contratista ¿ha recibido alguna vez su sueldo, totalmente comprometido con prestamistas, bancos y demás? ¿Qué le ha enseñado la experiencia? ¿Es mejor deberlo todo y pagar? Ese tipo de lógica financiera aplíquela ahora a este proceso. Y no le cuente a su jefe: siga asistiendo a las reuniones, aplauda a rabiar cuando el candidato hable, cuelgue el afiche donde la campaña lo vea. Pero no se comprometa con un pasivo electoral que usted asumirá, para que luego lo traten como una pieza reemplazable.
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