Soy el primero en lamentar la sucesión de reprochables eventos con origen en el círculo presidencial, que no dan respiro, que impiden ocuparnos de temas diferentes al mal discurrir del país, no precisamente por tragedias naturales o por adversidades externas, sino por el errático comportamiento personal del mandatario, por actos u omisiones de mal gobierno, de pésima conducción económica y administrativa.
De veras, se debe carecer de alma, de sentimientos patrios, de escrúpulos, para mirar hacia otra parte, para urdir banal literatura, emulando al avestruz, para no dolerse por imágenes, voces, mensajes, como los publicados desde Japón, con declaraciones de Gustavo Petro sobre la participación de Colombia en la feria de Osaka. A todas luces, de lo que definitivamente adolece este individuo, para prolongada desgracia del país, es de vergüenza. Al permanente y justificado estado de miedo, de zozobra e incertidumbre, inserto en el ánimo de la mayor parte de compatriotas a partir del 19 de junio de 2022 -aquel domingo aciago se tendió sobre Colombia el velo gris del cual aún tardaremos en librarnos-, sumemos el bochorno, la humillación colectiva, sentida por todos, al comprobar los abismos de patética miseria espiritual, ignorancia y ridiculez, alcanzados por quien ejerce la máxima autoridad de la Nación.
Dejando de lado múltiples ocasiones “sociales”, actos de campaña electoral, alocuciones oficiales, en los cuales han sido evidentes sus estados de psiquis alterada por el consumo de alcohol y fármacos; eludiendo detalles de sus locuras y orgías etílicas, excrementales, reseñadas y confirmadas por sus cercanos, lo divulgado al mundo por medios de información y productores de contenido, desde predios nipones, trasciende todo límite de indecencia, de irrespeto, hacia el país y sus nacionales. ¿Qué hará falta, pregunto, para que Gustavo Petro sea procesado en las instancias competentes, por indignidad en el desempeño del cargo? Las imágenes y audios reproducidos una y otra vez, en los cuales se observa al sujeto de marras asiendo con ambas manos un micrófono con soporte a piso, tratando de no caer, mirada vidriosa, extraviada, voz arrastrada, frases inconexas, deshilvanadas, propias del beodo consuetudinario, cabello revuelto, desaliñado como siempre en su indumentaria, sobrecargado de abalorios y colgantes, queriendo parecer “pueblo”, en las antípodas del auténtico, fracasando en el intento de conectar con la audiencia presente y remota, arrancando respuestas fragmentarias de una funcionaria a tono y en complicidad con su jefe, quedarán en el registro y en la memoria ciudadana, como agresión directa contra el honor y la dignidad del país.
Previos al show descrito, ya había protagonizado su presentación “oficial” ante las autoridades japonesas, en compañía de su canciller encargada, ataviados ambos como caricaturescos guasones, pisoteando el estricto protocolo de los anfitriones, y se habían conocido los mensajes X plagados de cifras demenciales, de observaciones improcedentes, dislocadas de la realidad; estupideces inexcusables en un supuesto “economista” políglota, con postgrados y aspiraciones a doctorados. En fin, además de sus habituales excesos, del más triste de los ridículos con visos de agresión al decoro, a la tradición cultural de sus gobernados, nada hizo Gustavo Petro en territorio japonés.
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