En el campo del conocimiento, y de la literatura, sospecho de casi todo. La ficción breve, la minificción, no es de mi gusto por ello: no alcanzo a vislumbrar la idea, sino su efecto, y el lenguaje, como una sentencia, no es suficiente para mis aficiones. Es como entrar en un minúsculo apartaestudio de efectos … Continuar leyendo
En el campo del conocimiento, y de la literatura, sospecho de casi todo. La ficción breve, la minificción, no es de mi gusto por ello: no alcanzo a vislumbrar la idea, sino su efecto, y el lenguaje, como una sentencia, no es suficiente para mis aficiones. Es como entrar en un minúsculo apartaestudio de efectos especiales.
El artificio en lo breve, por relampagueante, me suena a una impostación que le hurta a la lectura la entraña y el abismal salto dentro del volcán de las frases ensambladas.
No me pasa igual con las novelas o con el cuento clásico, a donde ingreso con los zapatos en una mano, y un café en la otra, en puntillas, para escuchar dentro de la casa construida el rumor de los personajes que se levantan adormilados, se bañan, susurran, hacen planes y se sienten perseguidos, con miedo de su país, y que huyen luego en un carro y sueñan, entre tanto, con la montaña y el mar, como rutas de una angustia palpitante de nación, a un temor empotrado en el cuerpo frágil. Las novelas y los cuentos, ojalá de Onetti, de Cortázar, son como caserones inmensos donde se escuchan las pisadas de la humanidad.
Así empecé Te acuerdas del mar, de Oscar Godoy. Ya había leído Once días de noviembre, y su lenguaje, ardoroso o volcánico, me había llevado desde el Palacio de Justicia, en un trágico noviembre, hasta las orillas de esa playa desierta de Armero, en el Tolima.
En Te acuerdas del mar, ganadora del Premio Ñ-Ciudad de Buenos Aires, los personajes escapan de una guerra que los atosiga y se refugian en la ciudad, como Corso, en una novela juvenil que salpica de sal marina la conversación. El corsario negro, sus personajes, como hálitos poéticos de una remembranza y una promesa: la infinitud del mar, de la posible bondad de la vida.
La casa, la novela, el autor la edifica con varias voces y superposiciones temporales, y relaciones intertextuales, que hacen de la narración una estructura rítmica y poética, la esencia de una escritura que, alejada de la experimentación por sí misma, pone la técnica literaria al servicio de una idea compleja y dura, la guerra y la fuga, y nos lleva, desde la capital del país, escondidos en una automóvil, hasta el avistamiento y el sabor del océano.
Desde las montañas, encerradas en sus dramas, hasta la festividad de una cresta de agua en el litoral. Corso regresa a donde siempre quiso ir, al mar, a lo ignoto, como si fuera la utopía de nuestra sociedad: queremos regresar a la entelequia, a lo imaginado por años y desconocido para nosotros: la paz. Siembra de personajes entrañables la novela, Oscar Godoy: Diana, don Luis, el enfermo terminal, y la madre, que no cesa de huir y muere, al final, por cuenta de una mina en la frontera.
Te acuerdas del mar conmueve: es una novela bella, bien escrita y una gran metáfora del deseo.
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