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Temporal

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 5 febrero 2021

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Mientras el aguacero en mi tejado, en diciembre, agujeraba mi sueño, las páginas de Temporal, la novela de Tomás González, me enseñaban a baldados de agua que nada está bien cuando hay seres humanos presentes, y menos si existen de por medio antecedentes enmarañados de odio o dinero. El agua, temblorosa en nuestras venas, nos … Continuar leyendo

Mientras el aguacero en mi tejado, en diciembre, agujeraba mi sueño, las páginas de Temporal, la novela de Tomás González, me enseñaban a baldados de agua que nada está bien cuando hay seres humanos presentes, y menos si existen de por medio antecedentes enmarañados de odio o dinero.

El agua, temblorosa en nuestras venas, nos desborda de emoción.

Los personajes de esta novela, narrada en el formato de una tragedia griega, con coro incluido, persisten en odiarse o, al menos, a no entenderse, como ocurre con las maneras de relacionarnos en Colombia. No hacemos un mínimo esfuerzo por comprender al otro: al contrario, lo estigmatizamos de entrada, lo anulamos por el conocimiento previo y lo eliminamos. Desde el estadio de lo simbólico hasta llegar a la desaparición real.

Mario y Javier, los hijos, odian a su papá, con quien salen a pescar a mar abierto, en medio de una tormenta. El agua embravecida se presenta ante ellos para mostrarles la coralina de sus emociones, y a la vez para darles una oportunidad para matarse entre sí.

El padre, un hombre cruel, impone mientras puede su autoritarismo, irracional, a sus hijos. Los insulta y banaliza, como ha ocurrido dentro de la cultura paisa raizal, tan exaltada por algunos, que entiende al padre, al macho, como centro del universo. Un dios que todo lo sabe y lo determina.

Nora, la madre, enloquecida por la vida, y por la mala vida dada por el patriarca, camina enajenada por los pasillos y habitaciones de un hotel, de unas cabañas, en búsqueda de un poco de sosiego para su espíritu. El pueblo, o la opinión pública, como ocurre en las antiguas tragedias griegas, le habla para decirle una verdad o para provocar a su mente desarreglada, vestida de camisa de fuerza, un delirio.

Tomás González, cada vez que nos enfrenta a los jinetes del apocalipsis familiar, escondidos por la moral vigente, nos pone ante la hondura del agua, ante su capacidad de dotarnos de vida, de sosiego o de su proclividad a destruirnos cuando desafiamos, por empecinados, las leyes naturales.

Es paradójico que los dos más prestigiosos escritores colombianos en el exterior, relacionados con la temática del mar y sus litorales, de sus misterios y vastedades, sean de la zona andina, como es el caso de Tomás González y Álvaro Mutis.

En ambos casos existe una admiración profunda por las formas de coexistencia dentro del mar, con sus silencios y también con sus sonidos extraordinarios. La sensación de lo efímero y de lo inmenso a la vez, como un mundo inacabado que todo lo abarca y lo explica, como sucede en La última escala del Tramp Steamer, de Mutis, una novela corta que nos habla de la precariedad de los pequeños cargueros en el océano y, claro, sobre la leve luminosidad de la vida.

El viento parece arrasar con todas las pasiones y el agua fluye para lavarlas y ahogarlas en sí mismas. El agua nos llama y nos cura.


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