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Todos deberíamos ser feministas

Umberto Senegal

sábado, 31 enero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Pregunté al afable librero armenio si tenía obras de Yogananda.

Respondió que sí, sorprendiéndome porque en ninguna librería de nuestra región venden libros del trascendente yogui, filósofo, gurú y poeta Paramahansa Yogananda. Menos, las elegantes ediciones de Self-Realization Fellowship. Cuando llegué a comprarlos, me mostraron tres, ¡de Chimamanda Ngozi Adichie! Sacra sincronicidad del reluciente nombre rimando con Yogananda. En idioma igbo Chimamanda significa: “Mi Dios no caerá”. “Dios no me fallará”.  Resistencia espiritual personificando la fe insondable en un poder superior que protege a través de las dificultades, fue mi primer encuentro con la novelista nigeriana cuyo nombre y obras desconocía. “Quien la lee encuentra más que literatura: halla la convicción de que las historias importan, transforman la manera en que nos pensamos a nosotros mismos y al otro”, asegura una comentarista de sus libros. Con su enfoque femenino de la historia y del arte, de individuos y sociedades africanas, europeas y otros lugares del mundo, Chimamanda entrelaza sus novelas con temas universales: feminismo e identidad, introduciendo a la vez anécdotas personales que exploran la complejidad de las mujeres africanas. En novelas como La flor púrpura, Americanah y Medio sol amarillo, su realismo mágico y cotidiano impugna historias únicas formulando perspectivas y voces que complejizan las narrativas sobre África y sus mujeres. “Mi despertar feminista empezó pronto. Era una niña muy observadora, y cuando miras bien, es imposible no notar que el mundo no trata a las mujeres con la misma dignidad que a los hombres”, afirma. “El dolor me trajo una especie de incertidumbre que puede ser positiva para la creatividad, porque me sentí más libre. Mis frases ahora son más largas; me permito disfrutar del lenguaje de manera distinta”. Chimamanda perdió a su padre en 2020. A su madre, en 2021. Hace poco, a uno de sus hijos de un año de edad. “La pena es un tipo de enseñanza cruel”. Entre los libros que de ella me mostraron, adquirí uno pequeño: Todos deberíamos ser feministas.  Explorando sus 56 páginas, auscultamos explicaciones diferentes a las usuales en  exponentes modernas del feminismo siglo XXI: con razones posestructuralistas de nuevo materialismo, estilo Judith Butler, célebre por su prosa densa; o con la performatividad en la disputa, de  Donna Haraway fusionando feminismo y tecnociencia mediante metáforas biológicas y tecnológicas; o con Rosie Braidotti,  exponente del feminismo post-humano formulando subjetividades nómadas que respondan a los avances genéticos y digitales. Chimamanda, como se concluye al leer este placentero libro, no integra las filas feministas de pensamiento radical e interdisciplinario desafiante de convenciones en ciencias sociales y humanidades, pero con certeza, luego de escucharla en su conferencia para TEDxEuston y dialogar con ella en este libro, tenemos la certeza de que Todos deberíamos ser feministas.


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