Pregunté al afable librero armenio si tenía obras de Yogananda.
Respondió que sí, sorprendiéndome porque en ninguna librería de nuestra región venden libros del trascendente yogui, filósofo, gurú y poeta Paramahansa Yogananda. Menos, las elegantes ediciones de Self-Realization Fellowship. Cuando llegué a comprarlos, me mostraron tres, ¡de Chimamanda Ngozi Adichie! Sacra sincronicidad del reluciente nombre rimando con Yogananda. En idioma igbo Chimamanda significa: “Mi Dios no caerá”. “Dios no me fallará”. Resistencia espiritual personificando la fe insondable en un poder superior que protege a través de las dificultades, fue mi primer encuentro con la novelista nigeriana cuyo nombre y obras desconocía. “Quien la lee encuentra más que literatura: halla la convicción de que las historias importan, transforman la manera en que nos pensamos a nosotros mismos y al otro”, asegura una comentarista de sus libros. Con su enfoque femenino de la historia y del arte, de individuos y sociedades africanas, europeas y otros lugares del mundo, Chimamanda entrelaza sus novelas con temas universales: feminismo e identidad, introduciendo a la vez anécdotas personales que exploran la complejidad de las mujeres africanas. En novelas como La flor púrpura, Americanah y Medio sol amarillo, su realismo mágico y cotidiano impugna historias únicas formulando perspectivas y voces que complejizan las narrativas sobre África y sus mujeres. “Mi despertar feminista empezó pronto. Era una niña muy observadora, y cuando miras bien, es imposible no notar que el mundo no trata a las mujeres con la misma dignidad que a los hombres”, afirma. “El dolor me trajo una especie de incertidumbre que puede ser positiva para la creatividad, porque me sentí más libre. Mis frases ahora son más largas; me permito disfrutar del lenguaje de manera distinta”. Chimamanda perdió a su padre en 2020. A su madre, en 2021. Hace poco, a uno de sus hijos de un año de edad. “La pena es un tipo de enseñanza cruel”. Entre los libros que de ella me mostraron, adquirí uno pequeño: Todos deberíamos ser feministas. Explorando sus 56 páginas, auscultamos explicaciones diferentes a las usuales en exponentes modernas del feminismo siglo XXI: con razones posestructuralistas de nuevo materialismo, estilo Judith Butler, célebre por su prosa densa; o con la performatividad en la disputa, de Donna Haraway fusionando feminismo y tecnociencia mediante metáforas biológicas y tecnológicas; o con Rosie Braidotti, exponente del feminismo post-humano formulando subjetividades nómadas que respondan a los avances genéticos y digitales. Chimamanda, como se concluye al leer este placentero libro, no integra las filas feministas de pensamiento radical e interdisciplinario desafiante de convenciones en ciencias sociales y humanidades, pero con certeza, luego de escucharla en su conferencia para TEDxEuston y dialogar con ella en este libro, tenemos la certeza de que Todos deberíamos ser feministas.
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