Tras un negro bache político-económico de cuatro años, el pueblo de los Estados Unidos, restituye en su cargo, de manera abrumadora, a un presidente, quien, atenidos no solo a los resultados electorales de la semana anterior, sino a cifras y percepción de desempeño de su cumplido mandato, al sentir social, latente en medios de información … Continuar leyendo
Tras un negro bache político-económico de cuatro años, el pueblo de los Estados Unidos, restituye en su cargo, de manera abrumadora, a un presidente, quien, atenidos no solo a los resultados electorales de la semana anterior, sino a cifras y percepción de desempeño de su cumplido mandato, al sentir social, latente en medios de información tradicionales y redes sociales, jamás ha debido ser relevado; menos por un Joe Biden en declive y por su orquesta zurda – progre – woke, adueñada hoy día del histórico Partido Demócrata. Que mentes y manipulación delictivas hayan cometido fraude en la elección anterior, burlando la voluntad popular, en contra del actual mandatario electo, no pudo probarse, aunque las sombras de duda jamás se disiparán.
Entre personaje de culto a tétrico Mefistófeles, la imagen del magnate, instalada hace décadas en el imaginario de multitudes por la mass media, continúa en el top político del orbe, a despecho de sus millones y millones de malquerientes. Ni santo ni demonio, con innegable pasado borrascoso, tachas personales y virtudes que quizás no las compensen del todo, Donald Trump exhibe un carisma envolvente, excepcional habilidad comunicativa, y sobre todo, una probada aptitud como gobernante. Y si de probidad ética, de antecedentes judiciales, de desbordes adictivos o pasionales se trata, más valdría que nuestra izquierda, en este trance que tanto la aflije, no arrime el meneado rabo de paja presidencial a la candela.
El caso, inédito en el gran país del norte, en la redondez del mundo democrático, es de veras asombroso; confirma, además del movimiento pendular, normal en la dinámica del poder obtenido en las urnas, un inusitado desgaste en las fórmulas de gobierno de la izquierda, inscritas en perversas agendas trasnacionales, globalistas, populistas, de recorte de libertades. Los reiterados fracasos y nulos éxitos que acumula la ideología del odio, del resentimiento, de la renuncia a la propiedad e iniciativa privada a favor de estados todopoderosos, en cuanto país se han enquistado, durante más de un siglo, léase Unión Soviética, China, Cuba, Nicaragua, Venezuela, y hasta el año anterior, Argentina, para citar los más sonados, hacen ver la llegada de liderazgos de derecha como promisorias alternativas. Colombia, sometida hoy a los embelecos de un aspirante a tirano de extrema izquierda, camina por el filo de la navaja, navega entre dos aguas, en ominosa incertidumbre. Desde luego, el presidente Petro se apresuró a felicitar al triunfador absoluto de la contienda norteamericana, aunque se ubica en las antípodas ideológicas del elegido. Igual hizo el dictador Maduro. A la dupla de vecinos les conviene guardar las formas, las aparentes buenas maneras, a la espera de señales de la nueva política exterior. Parece definido el nombramiento del actual senador por Florida, Mark Rubio, de origen cubano, en la Secretaría de Estado -equivalente a cancillería-. Opositor decidido y activo de la neozurda continental, se esperan de él ajustes de tuerca que empujen una solución definitiva, democrática, en Venezuela y prevengan cualquier intento de usurpación del poder en nuestro terruño. La histórica alianza entre Colombia y los Estados Unidos, presenta amenazantes grietas. Factores desestabilizadores, como la fallida paz total, el aumento de cultivos ilegales y de narcotráfico, los votos en contra en eventos decisivos de la ONU, la OEA y demás instancias multilaterales, el alejamiento mutuo en temas estratégicos continentales y globales, añaden preocupación ciudadana local. El éxito o fracaso de Trump, sin duda, nos tocarán de cerca.
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