Hace poco vivimos uno de esos días extraños e inusuales, que rompen la terrible y monótona cotidianidad; que molestan a algunos, generan asombro en otros y a otros les da igual. Un día que se ha vuelto una tradición anual, aunque, a los que nos genera asombro y aprecio, nos gustaría vivirlo un poco más … Continuar leyendo
Hace poco vivimos uno de esos días extraños e inusuales, que rompen la terrible y monótona cotidianidad; que molestan a algunos, generan asombro en otros y a otros les da igual. Un día que se ha vuelto una tradición anual, aunque, a los que nos genera asombro y aprecio, nos gustaría vivirlo un poco más a menudo. No es como un fin de semana, ni como un día festivo y mucho menos como los días de vacaciones. Es un día para el cuál buscamos estar preparados, pero que siempre sorprende por lo inesperado de su acontecer. Es un día que fácilmente olvidamos debido a la fuerza abrumadora de la cotidianidad.
Este día nos recordó a muchos de nosotros el extraño acontecer vivido en 2020, no el del sufrimiento causado por la enfermedad, sino la tranquilidad y vacío de las calles, el silencio de las avenidas. Un día sin carros y sin motos es un día sin tráfico, sin trancones, sin ruido y sin prisa. Genial liberarse, al menos por un día al año, de este fenómeno industrial. Ojalá pudiéramos disfrutar más días al año sin ruido y sin prisa. Un taxista comentó: “la ciudad está vacía como en la pandemia”. Una profesora dijo: “tan chévere todo tan tranquilo”. Las fotos en los medios mostraban más bicicletas, patinetas eléctricas y gente caminando. La experiencia de muchos fue viajar en bus urbano.
Sin embargo, no todo es bueno y bonito. Cuando hay calma, también se pueden visualizar o resaltar los aspectos feos y negativos. Una ciudad, como todas, desigual e injusta, que nunca ha pensado en serio su ordenamiento urbano, en días como estos genera mucha dificultad para llegar a una cita médica, a la escuela o al trabajo, especialmente cuando los servicios de salud o el trabajo están a kilómetros de nuestra residencia. El sistema de transporte urbano muestra también sus grandes defectos, destacando la mala distribución de rutas y la pésima condición estética, de higiene y mecánica de muchos autobuses. Aquí surge la mayor contradicción de este día dedicado a dar un respiro al medio ambiente, pues es muy notorio el humo negro que dejan muchos de estos buses rojos, sumándose el de las microbusetas blancas que realizan servicio de transporte escolar.
Como todos las actividades colectivas y gubernamentales, siempre hay margen de mejora. Es posible hacer ajustes para dar mejor continuidad a un día importante y necesario, especialmente en tiempos en que el planeta nos exige cambiar muchos de nuestros comportamientos, conductas y decisiones. Sería crucial contar con investigación sobre lo que ocurre en días así, formular preguntas en diferentes dimensiones que nos permiten entender, medir y evidenciar los cambios que se producen y los que podrían ocurrir si se realizan ajustes. Sí, necesitamos evidencia, demostración y pruebas sobre lo que funciona y lo que no, datos y conocimientos que nos permitan comprender cómo podemos romper la terrible cotidianidad que tanto daño nos está causando.
En definitiva, estos días especiales no solo nos brindan la oportunidad de respirar mejor, de reducir el ruido y suspender el frenesí diario, sino que también nos ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre cómo podemos mejorar nuestra ciudad y nuestra calidad de vida. Debemos aprovechar más estas oportunidades para observar, aprender y tomar decisiones informadas que nos lleven hacia un futuro más sostenible y equitativo. Así, tal vez, podamos vivir más días de tranquilidad y asombro, en lugar de solo uno al año.
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