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Un dinero extra

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 10 septiembre 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Nadie puede ufanarse de su propia moral. En un país de ciegos el tuerto no es rey: es candidato a perder, descuajado, el ojo funcional.  Lo digo porque esta semana nos rasgamos las vestiduras por los 200.000 pesos que repartió el Extra de Colombia, una lotería, a los periodistas del Quindío que fueron a la … Continuar leyendo

Nadie puede ufanarse de su propia moral. En un país de ciegos el tuerto no es rey: es candidato a perder, descuajado, el ojo funcional. 

Lo digo porque esta semana nos rasgamos las vestiduras por los 200.000 pesos que repartió el Extra de Colombia, una lotería, a los periodistas del Quindío que fueron a la presentación de sus premios.

Me explico mejor. Aquí es difícil sobrevivir por fuera, como un satélite demente, del eje de la corrupción, del narcotráfico, de las mafias, de las micromafias institucionales, académicas o gremiales, o de los privilegios o mendrugos que nos arrojan los políticos locales. En un departamento sin industria, sin microempresa sólida o sin comercio digno, en términos de facturación, casi todos quedamos expósitos, a merced del mejor postor.

Lo anterior, en un contexto de pequeñas miserias, no puede lanzarnos en el territorio desértico del todo está bien, y a confundir por lo mismo una cuota parte de corrupción con el marketing,  o maquillar la idea de incentivar con dinero, como si se comprara una opinión o una conciencia. 

Ese mantra posmoderno de la competitividad, que tanto gusta a los pragmáticos o a los comerciantes, no puede seguir empujándonos por el tobogán del intercambio sin fin, sin mediar el cómo. Los caminos sí llevan a alguna parte, siempre, a la nada, al vacío o al cráter de un volcán.

En un texto inédito hasta el año 2012, el premio Nobel Albert Camus, el más obstinado y libre periodista, decía ante las presiones de todo tipo que tenía la prensa por la invasión Nazi en 1939:

“Frente a la creciente marea de la estupidez, es necesario también oponer alguna desobediencia. Todas las presiones del mundo no harán que un espíritu un poco limpio acepte ser deshonesto”.

Recuerdo que en tiempos de Carlos Ledher algunos periodistas y escritores del Quindío, sin investigar su procedencia, se convirtieron en sus perritos falderos, y lavaron su imagen para presentarlo como un líder político. Aún hoy, ya sin mediar dinero extra, algunos lo glorifican y lo exaltan como un pionero.

No podemos olvidar el legado de periodistas tan importantes como Celedonio Martínez Acevedo o Germán Gómez Ospina, quienes, desde la radio o desde los periódicos, se opusieron a la criminalidad de los pájaros de la Violencia, o del centralismo indolente de Manizales. Celedonio, por sus posturas, fue asesinado, como también Ernesto Acero Cadena. Paradigmas de honradez y pulcritud en sus vidas.

La rectitud de mujeres como Rubiela Tapasco Arenas, una decana del periodismo, o de Betty Martínez Salazar, una mujer independiente, nos deben restituir una manera de afrontar los tiempos difíciles. La trayectoria de comunicadores como Darío Fernando Patiño Jiménez o Juan Diego Lozano Jaramillo, sin concesiones al poder ilegítimo, también deberían ser materia de emulación en los pregrados de las Universidades del Quindío y de La Gran Colombia, y en las salas de redacción. 

Muchos periodistas y escritores del Quindío callamos, o nos acomodamos, ante el caos social, político y económico de la comarca. Y pintamos de azul cielo el gris de nuestras calles.


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