En medio de la contingencia permanente en la que vivimos como sociedad, las universidades están llamadas a adoptar un papel esencial a la hora de pasar de la diaria incertidumbre asfixiante a la reflexión constante que permite el pensar críticamente; y de la inmovilidad atrapante que genera el conflicto a las acciones que posibilitan los … Continuar leyendo
En medio de la contingencia permanente en la que vivimos como sociedad, las universidades están llamadas a adoptar un papel esencial a la hora de pasar de la diaria incertidumbre asfixiante a la reflexión constante que permite el pensar críticamente; y de la inmovilidad atrapante que genera el conflicto a las acciones que posibilitan los saberes y los conocimientos.
Si bien los recientes hechos de violencia y de confrontación que se vienen dando en gran parte de la nación provocan sensaciones y pensamientos que conducen al pesimismo, gran parte de los educadores confiamos en que juntos podremos encontrar, ante todo, las respuestas a los interrogantes que generan estos escenarios; pero, además, es indispensable que desde la esencia misma del acto de educar sigamos generando preguntas que conduzcan a un conocimiento pertinente en el que prime la revisión del contexto por encima de los intereses individuales y egocéntricos que muchas veces los académicos solemos tener.
Para empezar, es fundamental que —en medio de un panorama tan mediatizado y presuroso, tan volátil y sensible— acompañemos a los ciudadanos a establecer imperativos esenciales para poder avanzar. Y necesariamente, hay que arrancar promoviendo la preservación de la vida de todos los seres humanos. Este, sin duda, es el principio máximo que nos define como especie y debe ser defendido por todos, sin distinción alguna.
Como ciudadanos del mundo y como sujetos críticos, debemos buscar alternativas que nos conduzcan a construir una sociedad más empática, que se comprenda bajo la perspectiva de la diversidad, y en la que prime la alteridad en respuesta pacífica a las agresiones que pretenden eliminar las diferencias; el respeto por encima de la intolerancia; la verdad en virtud del miedo y del temor; la paz, como única salida a cualquier acto de guerra.
Por lo tanto, se hace necesario que, desde las universidades y junto con sus integrantes, afiancemos la responsabilidad de pensarnos a la luz de lo que está pasando en el país. Ir más allá de los hechos evidentes, ofreciendo voces lúcidas en medio de los panoramas sombríos, tomando parte de las acciones que generen caminos de encuentro desde el diálogo y buscando continuamente la veracidad en la realidad para trascender los dogmas y las ideologías que ciegan.
Estoy seguro de que instituciones y comunidad académica confiamos en que vamos a salir adelante pese a las circunstancias, ya que en el pasado nos hemos redefinido positivamente en medio de otras diversas y complejas problemáticas. De lo incierto hemos sacado puntos de encuentro y del conflicto hemos allanado el camino para reconocernos. Y hoy, no será la excepción, porque consideramos que, donde hay posibilidades de educar, se abre un panorama inmenso de oportunidades para la transformación de un país que necesita salir adelante.
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