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Un país atrapado en sus emociones

César Castaño

jueves, 4 septiembre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Colombia parece condenada a repetir su historia: proyectos prometedores que naufragan, instituciones que se desgastan e ilusiones colectivas que se evaporan. ¿Por qué ocurre una y otra vez? En una entrevista reciente con El Espectador, el sociólogo y ensayista Mauricio García Villegas invita a observar la historia nacional desde un ángulo tan incómodo como revelador: el de las emociones. Ese territorio íntimo, casi invisible en los discursos oficiales, resulta decisivo para entender por qué el país sigue atrapado en los mismos conflictos de siempre.

Y es que, como recuerda el autor, Colombia no ha sido solo una nación de constituciones bien redactadas e instituciones prometedoras, sino también un país atravesado por “emociones tristes”: odio, envidia, miedo, resentimiento y venganza. Son esas pasiones las que, generación tras generación, han frustrado los mejores proyectos colectivos. Lo advertía José María Samper en el siglo XIX al hablar de los “viejos y queridos odios”: en Colombia las emociones destructivas se reciclan con tenacidad.

Lo más preocupante, advierte García, es que la emocionalidad desbordada de la sociedad colombiana encuentra hoy en el populismo y en las redes sociales un combustible inagotable: los discursos extremos circulan con mayor rapidez que las conversaciones serenas, y la democracia termina arrinconada por la estridencia de la algarabía digital. Esta situación se agrava en un contexto caracterizado por la ausencia de reglas claras y de un Estado legítimo en muchas regiones, donde el odio se convierte con facilidad en gatillo y persiste una propensión a recurrir a las armas antes que a la palabra.

El diagnóstico, sin embargo, no es una condena. García recuerda que, junto a las emociones tristes, existen emociones amables: la compasión, la empatía y la solidaridad. Pero estas requieren terreno fértil, y ese terreno se llama educación y cultura. Mientras el país mantenga un “apartheid educativo” que separa a ricos y pobres en sistemas paralelos, seguirá sembrando resentimiento. Y mientras sigamos creyendo que basta una ley para cambiar la realidad, caeremos en la trampa de la “eficacia simbólica”: un país de normas escritas que no se traducen en convivencia efectiva.

La advertencia del autor es contundente: “Por el odio, el Estado de derecho está en peligro en Colombia”. No se equivoca. Cada vez que los partidos manipulan las instituciones para obtener ventajas inmediatas, ponen en riesgo no solo la democracia, sino también su propia supervivencia política. La historia demuestra que los regímenes autoritarios terminan devorando incluso a quienes los alentaron.

Colombia es, en suma, un país de contrastes: proyectos brillantes que se malogran por falta de confianza, educación o moderación emocional. La pregunta es si queremos seguir atrapados en ese ciclo o, por fin, cambiar el rumbo. Ese cambio no vendrá de un caudillo ni de una norma mágica, sino de la paciencia de construir cultura democrática, de defender el Estado de derecho y de cultivar emociones amables que nos permitan dejar atrás el resentimiento.

La tarea también es personal: revisar qué emociones alimentamos en la familia, en la política y en las redes. Si elegimos la empatía en lugar del odio, la solidaridad en lugar de la indiferencia y la palabra en lugar de la violencia, tendremos más oportunidades de romper el círculo vicioso. Tal vez no cambiemos todo de inmediato, pero sí la manera en que vivimos juntos.

Sobremesa. La inseguridad en Armenia dejó de ser una simple percepción para convertirse en una realidad preocupante. Enfrentar este desafío requiere anticiparse al delito con estrategias claras, programas sostenibles e intervenciones integrales que reduzcan la criminalidad y fortalezcan la confianza ciudadana. No se trata solo de acciones institucionales, sino también de asumir una corresponsabilidad que permita mejorar, de manera conjunta, la seguridad y la calidad de vida en la ciudad.


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