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Un poeta

Mauricio Hernández

miércoles, 24 septiembre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

No pudo morir, no lo dejaron. Cuando dijo que iba a matarse, su hermana le pegó un regaño. Le reprendió hasta el fondo y le dijo que ni para eso servía. Al fin y al cabo, ya le habían dicho lo peor: que era un mal poeta, un fracasado, además.

No pudo ser Cesáreo Verde, aquel poeta del que habla Fernando Pessoa en su Libro del Desasosiego, cuando cuenta que «el poeta nació después de su muerte, porque fue después de su muerte cuando nació la estimación por el poeta».

Si bien en la última escena de la película se sienta a respirar profundo, casi que con resignación, mientras un rayo de sol hecho poesía lo cubre —como recibiendo, por fin, esa inspiración celestial—, el poeta no pudo volver a escribir un buen verso. Se quedó anquilosado en una sola obra que reposaba en los anaqueles de su biblioteca. Pero esta obra, pensaría uno, fue escrita con un solo fin: ser leída por quien tanto amaba…¡su hija!

La película que recientemente los colombianos estamos yendo a ver a las salas de cine con gran entusiasmo, cuenta la vida de un poeta que deambula por los rincones de bohemios y poetas. Y a este personaje le da lo mismo reunirse con borrachos y habitantes de la calle; pero reunirse es una acción muy elegante. Lo que hacía era discutir con ellos hasta quedarse ormido en cualquier anden de Medellín.

No era necesario verle tirado en la calle, amanecido, para sentir una cierta lástima por aquel hombre. El solo ver a aquel poeta, ya era ver de frente a la pobreza y a la fealdad. Incluso, por si fuera poco, era preferible ver sus dientes remontados que escuchar cómo mendigaba cinco mil pesos a su mamá y a su adolescentete hija: «¿tiene cinco mil pesitos que me preste? Yo se los pago»

Y si tan solo tuviera una linda sonrisa, de pronto podría hechizar con ella al terminar sus poemas. Pero no. Ni eso se ganaba aquel pobre poeta. No habían aplausos, ni acciones que fueran bien vistas. Era una especie de encarnación de Pablo Remalas. O sea, un mal chiste.

Lo que sí cuenta la película de Simón Mesa Soto es la travesía de este poeta que por accidente se vuelve profesor de filosofía. Imagínense ustedes, queridos lectores, un profesor filosofando y declamando a la vez en un colegio de pobres. Algo sui generis, sin duda alguna.

Allí, en ese colegio, el poeta se encuentra a una joven promesa de la poesía. Una adolecente escondida en medio de la falta de oportunidades. Una jovencita que solo soñaba con decorar uñas y tener hijos como su mamá. Ni más ni menos.

En medio de ese trasegar de quererle abrir las puertas de la poesía y de los horizontes del éxito que ni el mismo tuvo, el poeta lucha para construirle a esta jóven un mundo prestado. Y allí ocurre de todo. Aunque, nuevamente, el poeta fracasa.

¿Fracasa? Para saberlo, habría que ver la película «Un poeta».


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