Cuando la sopa se me sirve caliente, la dejo un momento en reposo.
Observo cómo del plato hondo se escapa el vapor y empiezo a degustarla antes de probarla con la boca. Soplo un poco e imagino que mi estómago es una olla lo bastante caliente y ácida como para recibirla. Inhalar los sabores me permite sentir el olor a romero, a laurel y a carne; a carne y más carne.
Así, tal cual, he tenido que hacer con La Vegetariana, la novela con la que Han Kang obtuvo el Premio Man Booker International y que le abrió camino hacia el Nobel.
Confieso que me dio tos mientras la terminaba. No por tomar sopa caliente, sino por el hábito de leerla tarde en la noche, después de cerrar el computador y apagar el día. Entre las once y la medianoche, ya con el cuerpo cansado, me dejé atrapar por esta historia. Quizá fue un resfriado, quizá el primer caso documentado de resfrío lector del mundo.
La narración de este libro avanza con rapidez y con cambios de voz que desconciertan y atrapan: la mujer vegetariana y su esposo, y más tarde la hermana de ella junto a su esposo, van tejiendo una historia que se une en diferentes momentos temporales.
Y, entre páginas, hay una escena erótica que aún me cuesta procesar, por la forma en que se dio y por el grado de descripción que causa una fuerte tensión. Pero, este, no es un libro de burdel ni de lujuria gratuita. Es una novela que muestra cómo el cuerpo se convierte en escenario de lucha, deseo, violencia y resistencia.
Mientras la protagonista se niega a comer carne, las personas que dicen amarla insisten en obligarla. Esa decisión mínima desencadena la brutalidad: la imposición familiar, el desprecio conyugal, el control social sobre su cuerpo. Han Kang describe una escena paterna que resulta casi insoportable, como si la literatura se convirtiera en cuchillo.
Hay sexo, hay trauma, hay silencios y personalidades fracturadas. Matrimonios que sobreviven por inercia, cuerpos que se engañan, culpas que atraviesan tanto a quienes la obligan como a ella misma por negarse primero a la carne y después a todo. La historia se extingue dentro del cuerpo de la protagonista, como si las páginas fueran consumiéndola hasta el límite.
Al final, entre recuerdos y delirios, la novela deja una estela de pesadillas y preguntas sobre la libertad, la violencia y la fragilidad de los vínculos. Todo sucede en pocos actos, en una burbuja narrativa que nos hace sentir que cada palabra corta como un cuchillo sobre la carne.
Y luego de leerla me ha quedado una tos y una pregunta: ¿hay que leer La Vegetariana? Yo digo que sí, absolutamente. Pero al hacerlo conviene seguir el consejo de la sopa: dejarla reposar en cada tramo y, sobre todo, al final. De lo contrario, estaremos expuestos a quemarnos.
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