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Una caída

Mauricio Hernández

miércoles, 14 julio 2021

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Mi hija Antonia tenía cerca de cinco años cuando andábamos con el reto de enseñarle a montar en bicicleta. Mis enseñanzas parecían las de un experto ciclista que había dejado su oficio recientemente. Al mismo tiempo, poseía (eso creía) todo el bagaje teórico de un físico como Albert Einstein. Estaba seguro que con la unión … Continuar leyendo

Mi hija Antonia tenía cerca de cinco años cuando andábamos con el reto de enseñarle a montar en bicicleta. Mis enseñanzas parecían las de un experto ciclista que había dejado su oficio recientemente. Al mismo tiempo, poseía (eso creía) todo el bagaje teórico de un físico como Albert Einstein. Estaba seguro que con la unión de estos dos mundos —el del deporte y el de la ciencia— podría enseñarle sin preocupación alguna. 

Al iniciar, lo primero que le dije a mi hija fue que «la vida es como montar en bicicleta: para conservar el equilibrio, debes mantenerte en movimiento», y eso solo se logra pedaleando y mirando al frente sin perder de vista el camino. La lección, sensata, pero algo abstracta para su edad, funcionó adecuadamente. Prueba de ello es que, tanto sus miedos como la ausencia de destreza se fueron disipando en la medida en que se movía. 

Pasaron unos minutos de una eterna y maravillosa felicidad, equiparable con la generada por los primeros pasos de un hijo o la pronunciación de la primera palabra. Sin embargo, ante mis ojos y de manera repentina, se cayó estrepitosamente. El lado izquierdo de su bello rostro sufrió todo el impacto. 

Corrí a la velocidad de un padre preocupado, casi como Usain Bolt en los cien metros. Sobre ella estaba la bicicleta. Se la quité desesperadamente. Aún recuerdo su mirada pidiendo auxilio. Me arrodillé y la abracé. Sentí su dolor en medio de la frustración que tenía por no haber podido evitar esta caída; porque, en realidad, no conozco a ningún padre que prefiera esto para sus hijos.  

Estando ambos en el suelo y mientras sus lágrimas desaparecían, con voz entrecortada, le dije: “Hija, ese dolor que sientes es insufrible, pero eres muy valiente. Eres toda una guerrera que todos los días quiere aprender algo nuevo. Ahora te caíste mientras estabas aprendiendo a montar en bicicleta y, creo, sin temor a equivocarme, que esta es la experiencia más parecida a lo que es la vida misma, ya que vas a recorrer muchos caminos a lo largo de tus días y, lamentablemente, en muchos de ellos, te vas a caer”. 

Pese al dolor, me escuchó atentamente. Por eso, agregué: sí, te vas a caer muchas veces. Muchas cosas te van a doler físicamente y otras, en su gran mayoría, te van a doler en el alma. Lo importante, hija mía, es que, como en este momento, aprendas a levantarte. Límpiate las heridas, aprende a sanarlas para que luego conviertas esos dolores en grandes aprendizajes de la vida; porque, finalmente, la vida no son solo los éxitos alcanzados. De hecho, en los fracasos y en las caídas, en los errores mismos, es en donde están las mejores oportunidades para aprender. 

Me miró y sonrío tímidamente. Se paró y hoy día ha decidido escribir propia historia montada en una bicicleta.


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