Me he sentado en una de las sillas del comedor, siendo las diez de la mañana, a escribirles esta carta a todos ustedes, queridas y queridos estudiantes con los que viajaré durante las próximas dieciséis semanas. Desde la cocina, se escucha fuerte el sonido del vapor queriendo salir de la pitadora (huele a fríjoles) y, … Continuar leyendo
Me he sentado en una de las sillas del comedor, siendo las diez de la mañana, a escribirles esta carta a todos ustedes, queridas y queridos estudiantes con los que viajaré durante las próximas dieciséis semanas.
Desde la cocina, se escucha fuerte el sonido del vapor queriendo salir de la pitadora (huele a fríjoles) y, también, a todo volumen, se reproduce la lista de cantina con la que doña Gloria se inspira para ir de un lado hacia el otro, dejando la casa reluciente.
Me alegra la mañana, así que soy incapaz de bajarle a la música, ya que le agrega un canto de cafetal, cual Gaviota en “Café, con Aroma de Mujer”. Así que opto por sumergirme en esta página, tratando de buscar concentración sepulcral, dispuesto a habitar las palabras precisas para motivarles a ustedes en este inicio de semestre académico.
Voy buscando en la memoria algunas sesudas frases sobre educación que les envuelva en el halo de la sabiduría y el conocimiento; pero, el “Nadie es eterno en el mundo” no me deja hallarlas. Así que opto por confiar en que la imaginación me sacará de este lugar por unos minutos.
Con el arrullo de “Ángel Perdido” —de Los Legendarios— truena la madera del barco en el que voy en este instante. Las olas van golpeando con mayor fuerza en la popa, ofreciéndole toda la resistencia posible a este navegar en el que nos encontramos ustedes y yo, estudiantes y profesor.
Me valgo de mis ojos para dar un giro total de estribor a babor. Repaso lentamente sus rostros, sus poses, sus miradas. Algunas se encuentran perdidas, otras, se delatan por el entusiasmo. Y la gran mayoría las percibo expectantes, revisando el horizonte y encontrando cierta simpatía con lo que no se ve, con lo lejano.
Cada uno se encuentra en este barco peregrino dispuesto a navegar en un mar de incertidumbres y de emociones que pueden enfriar o calentar el alma. En las primeras leguas, han conocido el plan de navegación: sílabos, competencias, resultados de aprendizaje, objetivos… promesas. También, han empezado a familiarizarse entre ustedes, quienes compartirán navío durante un tiempo marítimo universitario.
Juntos pasaremos días y noches, tormentas y soles, mareas altas y aguas apaciguadas; viviremos experiencias al garete y aprendizajes únicos; acertaremos y nos equivocaremos. Y mientras viajamos, tejeremos.
En el habitar individual, hilaremos nuestra propia obra, punto a punto, con el interés y la motivación alta. Encontraremos la forma de aprender en medio de este movimiento incesante. Y, al mismo tiempo, juntos podremos hilar una urdimbre única e incomparable.
Tengo una necesidad imperativa por comunicarme, construyendo diálogos genuinos entre la tripulación. Aspecto esencial para que el cerebro no desfallezca ni se sienta solo. ¡Es clave viajar sabiéndose con los otros! Construyendo un nosotros sólido, sin perder la identidad. Porque, en esencia, para mí, el aprender y el enseñar es como un viaje y un tejer que nos permite transformarnos diaria…
“Perdón por interrumpirlo, don Mauricio, ¿le sirvo el almuerzo?” Le respondo con una gran sonrisa.
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