Nadie hubiese imaginado que una fiebre, ocasionada por un virus, provocaría otra ‘fiebre’ colectiva en todo el mundo. Esta vez no sería una manifestación física impulsada por un cuadro viral en el cuerpo, sino la incesante pasión por un deporte: el ciclismo. Ni Karl von Drais en 1818 —con su draisiana— ni John Kemp Starley … Continuar leyendo
Nadie hubiese imaginado que una fiebre, ocasionada por un virus, provocaría otra ‘fiebre’ colectiva en todo el mundo. Esta vez no sería una manifestación física impulsada por un cuadro viral en el cuerpo, sino la incesante pasión por un deporte: el ciclismo.
Ni Karl von Drais en 1818 —con su draisiana— ni John Kemp Starley en 1885 —con su Rover Safety Bicycle— imaginarían que, en medio de un encierro pandémico, millones de personas se harían nuevos ciclistas. Incluso, ni siquiera los veteranos y jóvenes deportistas colombianos de élite hubiesen pronosticado que, en un domingo cualquiera por la mañana, cientos de ciclistas —novatos, intermedios y experimentados— se atreverían a desafiar el mítico y renombrado Alto de La Línea.
Algunos han llegado a este maravilloso deporte luego de desmovilizarse obligatoriamente de las noches de desenfrenada rumba. Otros no han tenido más remedio que acudir al pedaleo producto del cierre de los gimnasios. Pero en su gran mayoría, creo yo, muchos han encontrado en el ciclismo una forma de escapar de sus encierros para encontrarse con familiares y amigos en torno a la salud física y mental.
Independientemente de la motivación para salir a montar en bicicleta —que va desde hacerles simbólicos tributos a los ciclistas que triunfan en el exterior, hasta solo subir montañas para simplemente tomarse selfies con bonitos paisajes de fondo— el aumento de este deporte es notorio en todas las carreteras y trochas colombianas, lo que conlleva a beneficios, no solo para aquellos que salen a montar, sino para la movilidad y el medio ambiente.
Ha sido tanto el auge de la bicicleta que, durante varios meses, en ninguna parte del país se conseguían para la venta. Incluso, este problema también se presentó a la hora de adquirir repuestos para el mantenimiento. En recientes informes de la revista Dinero y de El Tiempo se ha confirmado que el desabastecimiento es producto del cuello de botella que se vive en los centros de producción global en China, Taiwán y Japón, debido a la alta demanda en todo el mundo.
Sin duda, el uso de la bicicleta es una tendencia que ha venido incrementándose en los últimos 10 años. En promedio, según el periódico La República en un informe de 2019, en Colombia se venden cerca de 600.000 bicicletas al año. Una cifra que indiscutiblemente será sobrepasada en 2020, un año en donde se supone estamos viviendo la mayor crisis económica reciente y a la que la bicicleta parece sobrevivir.
Ojalá que este aumento sea una constante en el tiempo y no una moda pasajera que surgió por una necesidad momentánea. Es importante que las bicicletas se conviertan, finalmente, en ese vehículo de uso cotidiano y no en un colgadero de ropa o soporte de cajas viejas que se llenan de telarañas.
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