Hace 72 años —el 12 de septiembre de 1953— Guadalupe Salcedo, comandante de las guerrillas liberales del Llano, convenció a más de 200 de sus hombres de entregar las armas en un acto cargado de simbolismo. Fue la expresión de una fe absoluta en la posibilidad de la paz: un intento de poner fin a la guerra que asolaba la región, aunque con la certeza de que no sería para siempre.
Entre 1948 y 1953, los Llanos Orientales fueron escenario de una violencia que desangró al país. El sectarismo de los gobiernos tradicionales, que trataron a la oposición como enemiga mortal, dio origen a grupos armados irregulares y a policías políticas. La consecuencia fue devastadora: haciendas abandonadas, cultivos perdidos, comercio paralizado y comunidades enteras sometidas al miedo.
En pocos meses, campesinos, hacendados o comerciantes se transformaron en jefes de guerrilla. Eliseo Velásquez, antiguo empresario del transporte fluvial, fue de los primeros en alzarse. Luego lo hicieron los hermanos Bautista, Dumar Aljure, Jorge Enrique González Olmos, Eduardo Franco Isaza y, por supuesto, Guadalupe Salcedo.
Los ataques y emboscadas de guerrilleros —curtidos campesinos y conocedores de cada palmo del territorio— causaron incontables bajas en las tropas y en la policía. Una de las emboscadas más cruentas ocurrió en un sector, entre El Turpial y el Manacacías (Meta), donde fueron asesinados 98 soldados.
Ante la incapacidad de los políticos para detener la guerra, paradójicamente fueron los militares quienes empezaron a buscar caminos de paz. El golpe de Estado —o de opinión— del general Gustavo Rojas Pinilla en 1953 abrió la puerta a la reconciliación. Una comisión de sesenta hombres viajó a Bogotá para expresar su cansancio. Julio Fonseca, uno de los comandantes, regresó con un mensaje alentador: había un clima propicio para la pacificación.
De allí surgió una carta, firmada por Salcedo, Aljure, González y Humberto Paredes, en la que manifestaban su voluntad de deponer las armas. El acuerdo se selló en Monterrey (Casanare) y atrajo la atención internacional. Una periodista polaca de la agencia AFP, testigo de los hechos, relató con asombro la ceremonia.
El encargado de recibir a los guerrilleros fue el general Alfredo Duarte Blum, comandante de las Fuerzas Armadas, descrito por la reportera como un verdadero “pacificador”. Dumar Aljure, uno de los líderes guerrilleros, pasó revista a sus hombres antes de presentarse ante el oficial. A su lado, guerrilleros conservadores que habían luchado del lado del gobierno hicieron lo mismo. Duarte los saludó uno a uno y pronunció palabras que marcaron el momento: “La lucha ha terminado. Todos somos colombianos. Debemos olvidar y perdonar a nuestros enemigos y trabajar juntos en la reconstrucción del país.”
El instante más simbólico ocurrió cuando Aljure, jefe liberal, estrechó la mano de combatientes conservadores que hasta hacía poco habían peleado contra él. Era el gesto de una reconciliación improbable, pero necesaria.
La desmovilización se selló con la palabra, al estilo llanero. El gobierno entregó a cada excombatiente un salvoconducto, un par de zapatos, un suéter, pantalones, una barra de jabón y alimentos. El resto quedó en manos de la Oficina de Rehabilitación y Socorro.
En un reportaje posterior, la periodista recogió una reflexión del general Duarte Blum que resumía el sinsentido de aquellos años: “Cuántas locuras, cuántas atrocidades en los últimos años… y todo eso entre colombianos.”
Sin embargo, el destino de Guadalupe Salcedo reflejó la vulnerabilidad de aquella paz. El 6 de junio de 1957, pocos días después de la caída del gobierno de Rojas Pinilla, fue asesinado por agentes de la Policía en las calles de Bogotá. Fue el inicio del fin de una paz tan frágil como efímera.
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