Me gustaría que hoy aquello que cose y sana, que remienda y tranquiliza, alivie el vacío que deja esta renuncia: he decidido no correr la maratón que venía preparando desde principios de año.
Hay desaliento, claro. La antesala de un evento así es una decisión que atraviesa la vida entera. Entrenar para esos 42 kilómetros —como dice mi entrenadora— es un acto de amor propio: madrugar cuando ni los celadores están despiertos; usar días de descanso para sesiones de más de dos horas; sacrificar ratos de ocio con la familia; y no haber parado de entrenar en las últimas 32 semanas, son solo algunas de las controversias mentales que se tejen en medio de esta decisión.
Todo comenzó con un dolor viejo que reapareció hace unas semanas. Entre dos vértebras hubo algo que se desgastó y provocó un sismo. Fue un dolor excesivo que de repente me hizo ver entelerido, como me llamó mi suegra, o chueco, como me dijo mi jefe. Yo mismo me percibía como un paréntesis: caminaba encorvado, volví a verme como una especie de hombre primitivo, producto de ese dolor en medio de las articulaciones de la espalda.
A partir de ese punto, como diría la canción, todo se derrumbó dentro de mí. No pude entrenar con rigurosidad. Los músculos de la espalda empezaron a compensar, es decir, no es que me hayan girado dinero por las molestias causadas, sino que —me explicaron los fisioterapeutas— al bloquearse una parte de la espalda, las otras empezaron a trabajar el doble, tratando de reemplazar a la que quedó entelerida. O sea que, dolió mucho más esa zona y, también, al caído caerle, aparecieron otros dolores en otras partes del cuerpo.
Desde ese momento empecé un proceso de recuperación que ha conllevado hacer rutinas de fortalecimiento y estiramiento que antes ignoraba… ¡Momento! ¡Aparecieron las llaves perdidas de esta situación! Porque la causa de este dolor no ha sido ni el sobreentrenamiento ni la falta de acompañamiento de mi entrenadora. La ficha de dominó que derrumbó a las demás es la falta de esas rutinas como soporte para poder correr.
Sí, hubo llanto por la leche derramada. Duele no afrontar el reto trazado; al ego le incomoda no cruzar la meta. Pero ya está. Tomé la decisión después de atravesar cuadros de ansiedad que me ataron al lamento, a los kilómetros contados y a las fotos que prometían una victoria personal. Nada de eso ocurrirá, por ahora.
En cambio, sucedió algo importante: aprendí que muchas veces nos quedamos en el “por qué ocurrió esto”. Para decidir no correr esta maratón, tuve que preguntarme “¿para qué ocurrió esto?”. La respuesta es simple y comprometedora: debo fortalecer y estirar para tratar de correr nuevamente como un Forrest Gump.
Y mientras tanto, vuelvo a la costura del principio: remendar el cuerpo, zurcir la disciplina e hilvanar la paciencia. Ya habrá otro hilo para tejer otra historia que esté llena de kilómetros de felicidad.
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