Uribe libre pregona casi la mitad de Colombia, y sus bocas se llenan de ilusión en reversa. Miran hacia atrás, hacia el pasado reciente y agradecen que una personalidad como la del ‘presidente’ eterno pise, con sus chanclas plásticas, nuestros territorios. Se solazan con la imagen y la realidad invasiva y patriarcal de ese poder. … Continuar leyendo
Uribe libre pregona casi la mitad de Colombia, y sus bocas se llenan de ilusión en reversa. Miran hacia atrás, hacia el pasado reciente y agradecen que una personalidad como la del ‘presidente’ eterno pise, con sus chanclas plásticas, nuestros territorios. Se solazan con la imagen y la realidad invasiva y patriarcal de ese poder.
Algún bandido, Enrique Pardo Hasche, procesado por secuestro, entre los muchos que circundan al sospechoso, dijo en un alarde expresivo y admirado que Uribe era dios, como Dios, intocable e inasible. No dijo que era escurridizo.
Dios tiene gripa, tal vez, y su constipación avasalla honras, demuele instituciones y, como un surtidor, lanza mentiras por los tubos alquilados de su fuente. Los documentos liberados por el FBI en Estados Unidos, después de decenios de empolvados por el interés nacional, califican a dios, lo enredan con sus propias palabras. Menos de medio país asiste a esa iglesia, y sonríe feliz: Uribe libre.
Uribe liebre gritan desde la otra acera.
Bajo ese dintel, se recuerda a López Pumarejo, quien renunció por cuenta de los negocios de un hijo; a Belisario Betancur, que debió ser juzgado por traicionar sus propios principios, y entregar el gobierno a los militares en el Palacio de Justicia; a Gaviria, dadivoso, quien donó una catedral a la mafia; a Samper, que nunca pagó por el vientre alquilado a la droga; a Pastrana hijo, negligente frente a la rebatiña de viviendas de los bancos a las familias, por el Upac; Santos, el nobel, y su relación pútrida con Odebrechet y sus regalos edulcorados a los políticos; y los falsos positivos, las chuzadas ilegales, los negociados de los hijos, el agroingreso seguro, las dádivas por la reelección, los sobrecostos del túnel de La Línea, la ‘Ñeñe política’, y un largo etcétera que nos envilece como nación.
Hace mucho rato el análisis de las sospechas sobre el líder del Centro Democrático —que en Armenia es un dios, y ello explica en mucho la corrupción de muchos— no pasa por la actitud individual de Álvaro Uribe Vélez.
Ya él mismo, sus acciones y omisiones no son determinantes para descifrar las claves de una sociedad adormecida en los almohadones del dejar pasar, de ensalzar a un presunto animal político y elevarlo a los altares de los santos de lodo. No.
La elusión del sindicado a la Corte Suprema de Justicia, por los fraudes de sus testigos, dice muy bien que hemos sido durante dos decenios. ¿En dónde, en qué parte de nuestra cultura y de la educación perdimos ese gen de los padres y abuelos rectos y honorables?
Todos intuimos qué ocurrirá en la Fiscalía General de la Nación. Y volveremos sobre nuestros pasos para fustigar la sumisión al delito. Los términos vencerán o nos vencerá la abulia de vernos representados por una justicia vana.
Uribe libre, dirán los áulicos, con su lengua pastosa. Uribe liebre, gritarán otros con inquina.
Y la liebre, con orejas de conejo, en las manos enguantadas del mago, desaparecerá.
- Temas relacionados :
