Más allá de las vicisitudes de la vida, la muerte es siempre un ramalazo imprevisto, que nos sumerge en el dolor. Es un epílogo paradójico de la vida, y nos pone frente a un espejo, ciego o luminoso. El deceso de dos personas que ejercieron el periodismo, Jorge Eliécer Orozco y Jaime Gómez Botero, debería … Continuar leyendo
Más allá de las vicisitudes de la vida, la muerte es siempre un ramalazo imprevisto, que nos sumerge en el dolor. Es un epílogo paradójico de la vida, y nos pone frente a un espejo, ciego o luminoso.
El deceso de dos personas que ejercieron el periodismo, Jorge Eliécer Orozco y Jaime Gómez Botero, debería permitirnos mirar en detalle cómo ha sido el papel de los periodistas, qué obstáculos tienen y la pertinencia de tener dos programas de comunicación social, con nociones privadas y cobros de ese significado, en el Quindío.
Nunca sentí como ejemplar el estilo de los dos periodistas fallecidos. Creía, y creo, que sus desempeños, uno en representación de unas élites y una ideología, y el otro como vocero de clase y de unos intereses particulares, distan mucho de la idea del periodismo constituido como un derecho ciudadano y, por lo mismo, pluralista e independiente.
La militancia política del periodista, afín en nuestro medio, es una limitante, en especial si ese comunicador por su inestabilidad laboral está condicionado, como ha ocurrido durante decenios, a ser autogestor de sus propios salarios.
La venta de paquetes de publicidad por los mismos periodistas a políticos y a todopoderosos jefes de oficina —Corporación Autónoma Regional del Quindío, gobernación, alcaldías, cámara de comercio, Lotería del Quindío, universidades pública y privadas, y ya— ha constituido un vicio de procedimiento que altera la realidad.
Mientras algunos políticos y dirigentes gremiales decían, con micrófono abierto, que el Quindío era y es un pedazo de cielo, para maquillar la realidad ante la unanimidad pedida por la demanda turística, y para minimizar sus desmanes callados o al descampado, sus conciudadanos viven un infierno o cuando menos un insistente purgatorio. Nuestro periodismo usó, y usa, el tapabocas con cierta alegría y acomodo.
Ante ese inventario de falencias de nuestro periodismo, encorsetado por nuestra época, me quedo con la imagen de un Jaime Gómez Botero que luchaba por las clases populares o con la capacidad, sin igual, de Jorge Eliécer Orozco de defender la cultura y la gestión cultural del departamento. Su apoyo a los músicos tradicionales, a las expresiones folclóricas, resumen un espíritu de servicio comunitario.
Las veces que en Calarcá necesitamos a Jorge Eliécer, para preservar la biblioteca de la casa de la cultura o para defender el propio funcionamiento de ese centro, jamás se escondió o ignoró las dificultades de los gestores culturales.
En el contexto de la crisis del periodismo colombiano, desfigurado por el poder de las redes sociales y por el corporativismo en sus medios, en el Quindío contamos con periodistas que intentan, a su manera, escribir su propia historia.
Darío Fernando Patiño, Ángel Castaño, Juliana Duque, Natalia Baena, Juan Felipe Gómez, Victoria Arroyave, David Trujillo —reciente ganador de dos premios Simón Bolívar—, Sara Zuluaga y muchos otros y otras, desde la práctica del periodismo como servicio público, relatan las incidencias de un Quindío real.
Ojalá algún día podamos eliminar la autocensura y dejar el tapabocas que hoy usamos.
- Temas relacionados :
