Por fin ha caído en mis manos una obra de Stefan Zweig, un autor del que había oído maravillas sobre su fluida y precisa escritura.
Y vaya que he disfrutado, tal como me advirtió mi librero, de su prosa brutal. En cualquiera de los géneros que habita su obra, dice él, Zweig logra que el lenguaje sea un toque perfecto al pensamiento y a los sentidos.
Sin duda alguna, Veinticuatro horas en la vida de una mujer me atrapó de tal forma que quise devorarla de una sentada. Por supuesto, su extensión breve (100 páginas en la edición de Eneida) favorece ese propósito lector. Pero, más que su brevedad, son los detalles y la forma en que los personajes nos cuentan la historia lo que hace de este viaje narrativo un auténtico privilegio.
La trama se desenvuelve con una elegancia virtuosa. Los protagonistas encarnan una especie de tribunal moral que sanciona los comportamientos desviados, defendiendo principios y valores casi inquebrantables. En ese ambiente de alta sociedad, tan marcado por el secretismo y la etiqueta, cualquier transgresión se convierte en motivo de murmuraciones y condenas que se repiten con saña.
Lo más sorprendente, a mi parecer, es el giro que toma la historia casi desde el comienzo. Zweig juega con la expectativa del lector: mi mente, tal vez contaminada por la violencia cotidiana de nuestro contexto social, creyó percibir un crimen o una desaparición misteriosa. Sin embargo, pronto comprendí que se trataba de algo muy distinto.
Una mujer mayor huye con un hombre más joven, y este hecho despierta la furia moralista de las lenguas afiladas de la alta sociedad, que empiezan a confabular y teorizar sobre su destino. Todo indica que ese será el escándalo a develar, pero no es así. Un comentario de quien creemos que será el narrador, pero que en realidad es un escucha, un confidente, produce un vuelco inesperado.
Ese personaje, en lugar de sumarse al linchamiento verbal, defiende a la mujer con una contundencia digna de quien arroja la primera piedra. Ese gesto desencadena en otra mujer algo profundo: la necesidad de abrir un secreto guardado durante más de veinte años. Así nos entrega la narración de una pasión extrema, comprimida en apenas veinticuatro horas, y de la que somos testigos privilegiados gracias a la pluma de Zweig.
En esas horas caben todas las emociones: pasión, amor, tentación, culpa, redención. Zweig nos hace sentirlas a través de la mirada, de los sentidos y hasta de las manos de sus personajes. Todo es digno de ser leído y presenciado por quienes se atrevan a sumergirse en este juego narrativo, tan intenso como preciso. Y no olviden: el “juego” será, sin duda, un hilo conductor esencial para comprender la historia.
Además, esta historia nos sumerge en una transformación del tiempo y de las personas. Las horas, la espera, los años y el sentir se entrelazan para decirnos que “el tiempo contiene una profunda energía, y la vejez un singular poder para desposeer de intensidad a los sentimientos”.
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