Transcurrido un año que bien parecen dos, de la segunda administración Trump, nadie puede llamarse a engaño respecto a su objetivo prioritario e intereses vinculados al mismo, en el plano continental y global.
El slogan de sus dos campañas, “¡Great America again!”, tiene cabal vigencia y así lo demuestran sus acciones de gobierno, tanto en el ámbito interno de la Unión, como en la presencia aún predominante de su gran país en el escenario orbital. A través de ese prisma, no de lentes ideológicos distorsivos, pueden observarse con debida objetividad, tanto la “extracción” de Maduro de su derruido búnker, como las consecuencias del letal golpe de mano para Venezuela y el mundo, a corto, mediano y largo término. La necesidad inaplazable de afirmar autoridad, de frenar de una vez por todas la erosión, el desgaste de imagen personal y nacional, ya en deterioro tras años de impunidad e indecisión, de una parte; por otra, el acceso inmediato a un recurso estratégico, todavía determinante en la realidad económica global, cual es la enorme reserva petrolera de nuestro vecino, fueron factores determinantes en la acción, presentada como más policial que militar. Románticos ideales de “restitución de la democracia”, de rescate del país tras la rapiña de la casta zurda empoderada por Hugo Chávez, vigencia plena de la separación de poderes, propiedad privada, derechos humanos, luego de su violación sistemática durante dos décadas, elecciones libres, retorno de los propios tras el éxodo, quedan relegados, subordinados, a las prioridades, estrategias y tácticas trazadas por Trump y Rubio, tutores pragmáticos de la “nueva” Venezuela. La sanción social, el merecido castigo, para los autores de la debacle socioeconómica más costosa y dolorosa que país alguno ha soportado en territorio americano, será otra fase del proceso sujeta a la voluntad del nuevo poder fáctico. Gústenos o no, es la realidad sin afeites.
Colombia, incluso más que los mismos Estados Unidos, si se juegan bien las cartas, sería beneficiaria directa, preferencial, del proceso reconstructivo del país hermano. Lo tienen claro algunos candidatos -que no candidotes- a la presidencia. Los beneficios para nuestra economía, para la industria, el comercio, los servicios, superarían todo cálculo; el forzoso acercamiento que impuso el éxodo venezolano, cuyos destinos preferenciales fueron ciudades y campos colombianos, permitirían una verdadera integración entre pueblos de probadas afinidades.
Claro, las posibilidades estarán abiertas en la medida que los futuros gobiernos definan. Si Colombia decidiera, a contracorriente de la historia, persistir en el error de entregar poder a la ineptitud, a la corrupción, a la estrechez mental, a la caverna zurda, bien podemos olvidarnos de esta y de otras oportunidades.
Si el sentido común, la sensatez, el buen juicio, liberados del lastre ideológico, se instalaran por momentos en el cerebro del actual presidente, al afrontar la entrevista con la cúpula del gobierno estadounidense, prevista para próxima fecha, por inexplicable e inmerecida concesión de Trump, además del asunto narco, de la irrefrenable expansión de la delincuencia con frontis político, debería llevar a la mesa una propuesta integracionista seria, estructurada, verdaderamente alternativa a narcocultivos y narcotráfico. Por desgracia no ocurrirá. Obstinado en sus odios y fijaciones psicopáticas, en su egolatría demoledora, llegará a la sesión de trabajo con pretensiones de redentor ambiental, con propuestas fuera de foco, con ánimo confrontativo.
Ojalá esta vez me equivoque; ojalá don Donald y don Marco no sucumban a la retórica culebrera de quien amenaza legar otro país latinoamericano, hasta hace tres años en plataforma de lanzamiento hacia el pleno desarrollo, en ruina.
- Temas relacionados :
