La verdad, como concepto y práctica, nos interpela. Las artes viven del engaño para su creación y sobrevivencia, como el mismo ser humano, que sí no fuera por las mentiras piadosas, o las interesadas, o las ficciones de su cabeza, los inventos de su imaginación o la misma fe, de seguro no podría afrontar la … Continuar leyendo
La verdad, como concepto y práctica, nos interpela. Las artes viven del engaño para su creación y sobrevivencia, como el mismo ser humano, que sí no fuera por las mentiras piadosas, o las interesadas, o las ficciones de su cabeza, los inventos de su imaginación o la misma fe, de seguro no podría afrontar la realidad. La mentira es un puñal afilado que nos permite abrir vegetación en la maraña selvática.
La mentira en el amor es todavía más útil. Mis mejores amores han sido adobados con las finas hierbas del invento del otro, de recrear para mis ojos la imagen casi siempre difuminada de una mujer hecha a la medida de mis deseos. Luego la realidad, el tiempo, pone en su sitio todas nuestras vergüenzas, las propias y las ajenas.
En el ámbito social la verdad merece otro tratamiento, y un mayor respeto por buscar el dato y la precisión de lo ocurrido. El esfuerzo por encontrar una certeza debe ser una decisión grupal, como un deber y un derecho colectivos.
La búsqueda de una verdad para todos es una necesidad. En Argentina, después de la dictadura militar, en diciembre de 1983, el gobierno democrático de Raúl Alfonsín entendió que si no hurgaba en su pasado reciente, en sus aguas pútridas, no podría dar con el paradero de los miles de desaparecidos de la Junta Militar, que se arrogó la función de “limpiar” de subversivos a ese país.
A los cinco días de posesionado, Alfonsín creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Conadep, y encargó a Ernesto Sábato, escritor, quien era según muchos la conciencia moral de la nación para que la dirigiera y buscara a sus conciudadanos desaparecidos, o sus restos o rastros en todo el país.
Algo similar a lo ocurrido en Colombia —aunque aquí es de mayores proporciones la debacle causada por nuestro conflicto interno— con la configuración de la Comisión de la Verdad en manos del padre Francisco de Roux.
Nueve meses después, el 20 de septiembre de 1984, el informe reveló en Argentina el carácter sistémico de la represión, y se verificó, con documentos de 50.000 páginas, la existencia de 340 centros clandestinos de detención y una lista previa de 8.960 desaparecidos.
En nuestro caso, la verdad histórica hiede desde finales del siglo diecinueve. Nunca supimos cuántos fueron los muertos de la Guerra de los Mil Días, y fue imprecisa la cifra del conflicto abierto en 1948, y apenas hurgamos el pasado reciente, con abundantes y serios informes de la actual Comisión de la Verdad.
Lo que no se entiende es que el expresidente Juan Manuel Santos, exministro de defensa de la política de seguridad democrática, de manera sibilina, ahora se lave las manos, con escasas gotas de vergüenza, y deje toda la responsabilidad sobre los hombros del innombrable. No. Ambos deberían responder, ante la justicia y ante la historia, como los artífices de 6.402 asesinatos.
Los falsos positivos son una herida purulenta de nuestra nación.
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