El objetivo de los perversos, elegido con cálculo y olfato político que a las claras los delata, para infortunio del país, se cumple a cabalidad.
Un colombiano de bien, con sobrados talentos, virtudes y merecimientos para consolidarse como alternativa electoral en presente y futuro, ha sido virtualmente tachado de la lista de opositores de Gustavo Petro.
Datan de años atrás los desencuentros políticos, derivados seguramente a personales, entre los dos protagonistas. Uno, con oscuro e impune pasado delictivo, miembro orgánico de una guerrilla terrorista de extrema izquierda, autora de múltiples crímenes de lesa humanidad, dilatada trayectoria en el Congreso, en la alcaldía mayor de la Capital, en ambos escenarios con cero iniciativas constructivas y polémicas a granel; sin antecedentes intelectuales o académicos resaltables; en la actualidad Presidente de la Nación, envuelto en turbios actos personales y hechos aberrantes de corrupción en su círculo próximo. El otro, emergente figura del debate, con bagaje familiar de notoriedad, huérfano desde la infancia a cuenta del asesinato de su madre, periodista en ejercicio, a manos del narcotráfico, preparación académica exigente -postgrado en Harvard-, impecable imagen personal, notable desempeño en la secretaría de gobierno del Distrito Capital y en el Senado, al momento precandidato a la presidencia por el partido de derecha, Centro Democrático. Ambos de encendido talante y habilidad discursiva, dispuestos a la confrontación parlamentaria, al debate abierto; el primero con todos los instrumentos del poder a la mano; el otro, expuesto a riesgos enormes, transformados hoy en trágica certeza: truncada a balazos su promisoria carrera política.
El atentado contra Miguel Uribe, hijo de la recordada difunta, Diana Turbay, y nieto de Julio César Turbay Ayala, presidente en el cuatrienio 1978-1982, quien combatió como el momento exigía al M19, marca un punto de quiebre en el devenir de nuestra Patria colombiana. O bien se inicia un proceso de desarme de ánimos y de intensiones destructivas, por parte de Gustavo Petro y su gobierno, dando lugar a replanteamientos concretos en propósitos, formas, y sobre todo acciones que lo demuestren, o en su defecto será, para desgracia de todos, el comienzo de otro espiral de violencia entre hermanos, de peores y más letales características que los padecidos en décadas anteriores. No obstante, conociendo los rasgos de carácter del enajenado mental al mando, sabiendo cómo reacciona, desvaría y actúa, demasiadas veces bajo estados alterados de conciencia que tienden a agudizarse en tiempos e intensidad, proclive a la ofensa, a la agresión verbal, a la descalificación del contradictor, no es factible anidar ilusiones respecto a la primera alternativa. La terca realidad y las previsiones racionales, señalan un escalamiento de la situación, de por sí ya crítica. Esperar gestos nobles, correcciones de ruta, propósitos de enmienda, es vano e ingenuo. El aspirante a tirano, a “líder intergaláctico”, al igual que sus congéneres políticos zurdos en otras coordenadas la hacen, tenderá a aferrarse en el poder al costo que sea, con riesgo de arrastrarnos a una confrontación civil sangrienta, sentida cada día más próxima, inminente, de imprevisibles consecuencias. Los llamados a su pacífico retiro, dentro de cauces legales, no tendrán cabida en su mente caótica ni en la de sus próximos, presos y carceleros a la vez de la codicia material y de poder.
Ahora y como siempre ocurre, intentan torcerle el cuello a la verdad para confundir víctimas con victimarios. ¿Quién seguirá en los designios del hoy agitador de banderas de ¡guerra a muerte!, del ¡No pasarán! Mientras atónitos escuchamos el cambio de bando del ministro de defensa, seguimos esperando la ya morosa acción de la justicia, único recurso que nos queda para salvar el país.
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