Cada vida es valiosa y tiene un propósito. Desde el momento de la concepción, la existencia humana constituye un milagro: la síntesis del amor, la esencia creadora materializándose en un nuevo ser, en una persona con características propias, rostro particular, alma única y un camino por construir. Durante las diversas etapas va mostrando las aristas … Continuar leyendo
Cada vida es valiosa y tiene un propósito.
Desde el momento de la concepción, la existencia humana constituye un milagro: la síntesis del amor, la esencia creadora materializándose en un nuevo ser, en una persona con características propias, rostro particular, alma única y un camino por construir.
Durante las diversas etapas va mostrando las aristas de su carácter, evidenciando preferencias y desarrollando talentos: va perfilando su destino, tomando opciones como el arte, el deporte y las diversas profesiones y oficios que existen, muchos de ellos encaminados a servir a los demás y mejorar de alguna manera el mundo en su paso por él.
Cada vida es necesaria y bella, porque todos, de una u otra manera, contribuimos a pintar el lienzo inagotable e infinito de la historia humana… Algunos dibujan una pequeña gaviota y otros, gigantescas montañas… todo hace parte del mural inconmensurable de lo que hemos sido y vamos siendo como especie, en este planeta magnífico que nos correspondió habitar.
Sin embargo, algunas vidas se destacan, literalmente refulgen, iluminan con fuerza; porque el impacto que generan en otros es notorio y porque con su palabra, testimonio e incluso, sus gestos, marcan el alma, espíritu y pensamiento de alguien. Es el caso de dos destinos en particular: el de los maestros y el de los artistas.
Los primeros, toman el sendero más noble y satisfactorio. Con la paciencia del alfarero, perciben a cada uno de los estudiantes (de los miles cuyas vidas cruzan con la suya), como la sustancia perfecta para crear: integridad, ideas, posibilidades, esperanzas, sueños y emociones. Se saben moldeadores de esa compleja arcilla que es la condición humana y dedican sus días, con amor, vocación y entrega, a hacer de cada uno su obra magna.
Se les ve, pensando maneras de inspirar, convocar, motivar y estimular… Se les distingue por buscar otras alternativas para hallar esos tesoros que buscan de forma incesante: aprendizaje, curiosidad, propuestas, creación…
A ese espíritu inquieto, ávido de conocimiento y al mismo tiempo, necesitado de donarse, se suma un alma sensible, que se conmueve por las maneras de ser de cada discípulo y se estremece de júbilo ante la expresión de gratitud, la manifestación de claridad o ese deseo, expresado a veces de manera tímida, de pararse sobre sus huellas porque ha sido tal la influencia, que se desea trasegar siguiendo los mismos pasos.
Y están los artistas, que desde el color, el trazo, la imagen, la melodía o la palabra (que vienen siendo más o menos de la misma especie), se convierten en constructores conscientes de la herencia más bella que vamos teniendo los que existimos en cada momento de la historia: el arte, representado en joyas como lo son: los libros – legado inmortal del alma de quien escribe –, cuadros, esculturas, el cine, la fotografías y las tantas maneras de congelar en el tiempo: la belleza, los sucesos, las denuncias, los anhelos y hasta las fantasías.
Son vidas de oro, las del maestro en el aula y el artista, con el lápiz y el pincel… Porque su estela es luminosa, abundante y llena de sentido. Y esos seres mágicos que tienen la doble condición, mucho más (para Emelia Peña Guerrero, Maestra y Artista).
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