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Viendo caer las flores de los guayacanes

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 26 noviembre 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Un niño díscolo aprende a leer en El Espectador, y después se vuelve su mejor columnista. Balbucea en principios del siglo veinte y escribe como si hubiera nacido solo para diseccionar esa pacatería inmersa en la Colombia, casi analfabeta, de esa época. Sus columnas avizoran la modernidad, al lado de los poemas de Luis Vidales … Continuar leyendo

Un niño díscolo aprende a leer en El Espectador, y después se vuelve su mejor columnista. Balbucea en principios del siglo veinte y escribe como si hubiera nacido solo para diseccionar esa pacatería inmersa en la Colombia, casi analfabeta, de esa época.

Sus columnas avizoran la modernidad, al lado de los poemas de Luis Vidales en Bogotá. Es Luis Tejada, y su muerte a los 27 años, luego de increpar a esa Colombia cruel, a la mismísima de ahora, estremece a un país que se veía, a su pesar, en las llamaradas literarias del muchacho.

Los columnistas, sean comunicadores o escritores de profesión, cuando escriben desde el alma reseñan en los periódicos un mundo anómalo y predicen, además del apocalipsis, como los cuervos, los veranos que ya llegarán con las golondrinas preñadas. Recuerdan tiempos que vivieron o imaginaron, y así nos permiten pensar que el mundo no siempre fue de porquería. Esculpen un recuerdo, y nos reconcilian con el tiempo dilapidado.

Me pasa con la prosa dulce y certera, y compasiva, de Juan José Hoyos. Cada una de sus columnas me descubre una porción de mi propia humanidad, y me muestra el fragmento de un planeta desdeñado por mis pasiones terrosas. Así como el amor de una mujer nos vuelve mejores personas, la escritura de Juan José nos ilumina un recodo del camino, una holladura no vista por el exilio del asombro. Nos permite mirar de nuevo a ese niño que brincaba en un patio de la casa, bajo un guayabo, detrás de una elba, encima de una patineta, asomado en un balcón, en una lejana Calarcá o en cualquier pueblo de Antioquia.

Nuestra tradición de grandes columnistas en los diarios y revistas, como Lleras Camargo, García Márquez, Lucas Caballero-Klim, Daniel Samper Pizano, Antonio Caballero, Julio César Londoño y ahora Carolina Sanín, Ana Bejarano Ricaurte, Daniel Coronell y Adriana Villegas, oriunda de Manizales y ganadora del pasado premio Simón Bolívar, y tantas otras, está aunada al coraje primordial para enfrentar los centros de poder en Colombia.

Así también son las columnas de Juan José Hoyos, dispuestas a decir algunas verdades que otros no quieren escuchar: porque prefieren ocultarse la realidad, mentirse a sí mismos como los adictos al optimismo ingenuo o porque les interesa el silencio de algunos periodistas, de otros académicos o mejor, más notable por su opacidad, si proviene de los intelectuales.

El libro Viendo caer las flores de los guayacanes, editado por Lucía Donadio y Alejandra Torres, en Sílaba, convalida esa bella desmesura de la legión de admiradores de Juan José Hoyos: todos desean su palabra líquida, su verbo exacto, cincelado y amoroso, y esa sonrisa de campesino sabio que casi todo lo sabe.

“Entonces me dije—dice Juan José— para mis adentros, que ese domingo triste en que estaba ahí sin él, que esa flor amarilla, para mí, era su despedida y también su lección”. Era la muerte y su metáfora concisa: la caída de una flor amarilla.


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