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Villada al carboncillo

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 5 junio 2024

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Encuentro casual y especialmente grato. -¡Maestro, me alegra verlo, demasiadas lunas sin dialogar con usted! Henry Villada luce el habitual peto de trabajo, azul índigo, manchas de colores, extremo noreste del parque central de Barcelona, Quindío, a contados pasos de su estudio. Advierto su afán: está inmerso en el proceso creativo de una serie de … Continuar leyendo

Encuentro casual y especialmente grato. -¡Maestro, me alegra verlo, demasiadas lunas sin dialogar con usted! Henry Villada luce el habitual peto de trabajo, azul índigo, manchas de colores, extremo noreste del parque central de Barcelona, Quindío, a contados pasos de su estudio. Advierto su afán: está inmerso en el proceso creativo de una serie de cuadros para entregar en contados días. sin embargo, al abrigo del coqueto café de la esquina, nos concede espacio suficiente para saber de sus pasos. Entusiasta, entre sorbos de infusión aromática, se refiere a la labor que de momento lo ocupa. 

-Fondos dorados, cartón blanco y carboncillo-, adelanta. -Algo nuevo, refrescante, agrega con visible satisfacción, cuando indago sobre su obra reciente. La curiosidad araña.

Circunstancias adversas me impidieron observar en físico el producto final antes del empaque y envío, como era la intención; no obstante, por deferencia del artista, que mucho agradezco, dispongo de las imágenes digitales de las obras acabadas, antes de ser remitidas a la capital, donde decorarán la nueva rectoría de la UNAD (Universidad Nacional Abierta y a Distancia). Aceptó enviármelas vía WhatsApp desde La Florida, donde disfruta de un viaje familiar. 

Tal como anotaba en un texto alusivo a la presentación de su serie Ecoflora, años ha, confieso ser un lego en apreciación estética. El gusto por el arte plástico en todas sus expresiones, por el trabajo de algunos de sus artífices, es mi único bagaje al abordarlo. Tan precaria condición permite desmesura en el elogio o en el reparo, obedeciendo solo al instinto, a la intuición del observador casual, librado del ridículo, quizás, al urdir una reseña. 

La presente serie -ignoro aún cómo la bautizó- pone a hervir mis emociones. De sus dotes de dibujante, de compositor de formas e imágenes y exuberante paleta, todos damos fe; igual de su habilidad técnica que le permite dominar superficies en todo material, textura y tamaño, desde los grandes murales que adornan lugares públicos de Armenia, hasta la miniatura; desde sustancias cromáticas tradicionales hasta novedades químicas a disposición del artista actual. Sin embargo, la genialidad de Henry Villada reserva siempre sorpresas. En esta ocasión porque a contravía de tendencias en boga entre los cultores del arte bidimensional, de espaldas a la embriaguez del color, presente en su obra conocida, nuestro artista, en actitud de recogimiento, de retorno a lo germinal del arte, recurre al carboncillo, al elemento vida sobre el blanco puro. De esa técnica engañosamente “elemental”, que a primera vista parece ofrecer poco en cuanto a impacto visual, empleada por pintores de renombre sólo en la fase del boceto, para ser cubierta luego por el color, y excepcionalmente en retratos de intensos rasgos, Henry Villada reextrae su esencia artística. De sus honduras saca a la luz imágenes, rostros, objetos, prendas, hitos arquitectónicos, música, con el sugestivo Dorado de fondo, fiel a técnicas primigenias, enaltecidas a través de la fina  elaboración, de la maestría superlativa, que le permiten a su vez elevar el listón conceptual. De estas obras emerge el artista que siempre hemos visto pero que, temo, poco observamos y  valoramos en su real dimensión. Abrumador despliegue de técnica, de expresión, en busca de la rica y diversa colombianidad que ningún factor interno o externo podrá destruir. 

Un verdadero trabajo de indagación, de recreación, que afirma e interroga, que escarba y horada, hallando lo vertebral, las particularidades salvadoras del “quizás no sea tarde” nacional. Si algo de gusto y aprecio creen poseer los receptores de su trabajo, lo tendrán ahora por mucho más del monto invertido. Algún día podré observar a gusto e interiorizar, la aludida serie de obras en el lugar donde lucirá, ojalá por mucho tiempo.


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