Por estos días me insisten mucho en una pregunta, ¿qué va a pasar con los habitantes de calle? Mi respuesta va más allá, porque hoy debemos pensar en el ‘pobre’, que se definen como “individuo que no dispone de lo necesario para subsistir y desarrollarse, o en su defecto, lo que dispone no le alcanza para vivir dignamente porque su salario es muy bajo o se halla desempleado, por lo tanto vivirá en una situación de pobreza” —www.definicionabc.com—.
Así entendido, no solo los habitantes en condición de calle son pobres, hay otras pobrezas que estamos olvidando en la sociedad: los pobres vergonzantes que un día lo tuvieron todo para vivir y por circunstancias de la vida quedaron sin recursos suficientes; los ancianos que viven en un inquilinato y salen a pedir diariamente para sobrevivir y con lo poco que ganan se alimentan y pagan el arriendo. Hay muchos que tienen una chaza o una carreta y salen a vender por las calles para poder sostener a sus familias; hay otros que viven de la informalidad, hay muchos que pagan arriendo y viven de un salario mínimo de alguno de los integrantes de la familia. También los migrantes: venezolanos, de otras latitudes, afrodescendientes, indígenas, se inscriben dentro del contexto de los pobres. Es decir, hay muchas condiciones de pobreza, aunque en nuestra sociedad la línea de pobreza tenga una medida que, a mi parecer, no se ajusta a la realidad.
Hay otras pobrezas que no tienen que ver con lo económico, con la realidad sociológica; se trata de la pobreza espiritual. Hay cientos de hermanos que perdieron sus ilusiones, que viven en estados depresivos, que se han desmoronado ante los problemas de la vida. Ellos, necesitan de nuestra comprensión, apoyo y una voz de esperanza.
Jesucristo en el evangelio nos recuerda: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros” (Jn 12,8), también nos insta a un compromiso solidario y de caridad, manifestación de nuestra misericordia y compasión: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). Ante este virus que se expande, no podemos ignorar que el confinamiento a que estamos obligados, debe llevar a la sociedad, a los gobiernos, a los ciudadanos, a pensar en políticas claras de apoyo e implementación de estrategias de control, seguridad e higiene para los pobres, incluidos los habitantes en situación de calle.
Con los organismos gubernamentales y personas de buen corazón, la Iglesia Católica continúa apoyando y organizando modelos de ayuda para los más pobres, lo hacemos desde la pastoral social Cáritas; desde las parroquias, detectando a las personas que viven solas y las familias necesitadas para brindarles nuestra asistencia; asimismo, creando campañas como La ruta de la solidaridad, en orden a sensibilizar a la comunidad para que ayudemos a una o dos familias y estar pendientes de ellos, teniendo en cuenta las precauciones de higiene y seguridad exigidos. Y después de esta crisis ¿Qué va a pasar con los pobres? Es la hora de un trabajo articulado, interinstitucional y enfocado a erradicar la pobreza del Quindío.
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