Me despertaba temprano en el apartamento que denominábamos, por su precariedad, el Carlotas Place, en la carrera Séptima con calle 51, en Bogotá. Era un cubículo calamitoso, compartido por cuatro amigos, en el antiguo refugio de una pareja.
Caminaba por la Séptima, rumbo a mi nuevo empleo de profesor de danza y de Castellano, en el grado Once, en un colegio de señoritas en Chapinero. Salía después de las 6:30 de la mañana hacia el norte, pasaba por el frente del Bulín, una taberna, para doblar en la calle 57 hacia la Caracas, donde estaba ubicada la casona del colegio María Teresa Camargo.
En mayo 30 de 1989, cuando caminaba hacia mis clases, mientras aprisionaba una maleta de cuero marrón en mis manos, a mis espaldas por la Séptima explotó un carro bomba, parqueado en la 57, atentado dirigido a la caravana del General Maza Márquez. Me salvé de esa explosión por unos segundos, por un periquete de vida.
El año 1989 fue de terror para Colombia. Luego de mis clases en el colegio, donde yo enseñaba con ínfulas lo que no sabía, mis días se llenaron de desazón. ¿Y si hubiera caído por cuenta de la explosión de ese vehículo Mazda, que recuerdo como inofensivo y varado a mi paso por la séptima?
Recuerdo, desde ese día, que empecé a caminar menos y a ingresar en los museos gratuitos en el centro de Bogotá. Transitaba de una muestra de artesanías y tradiciones a otra de vestidos antiguos, y luego iba al Museo Nacional, pasaba por la Cinemateca y el teatro Jorge Eliécer Gaitán, aterido, con mis presurosas ansiedades.
Me quedaba estático frente a algunas pinturas, óleos todos, como si quisiera fijar mi residencia frente a ellos. No quería caminar las calles de Bogotá, infestada de amenazas latentes. Así me detuve frente a los cuadros de Luis Caballero, en el Museo de Arte Moderno o ante alguna obra, relampagueante, de Alejandro Obregón.
De esa manera conocí a Victoria, recién egresada del Colegio Odontológico colombiano. Sonreía leve, y sus piernas largas atravesaban los pasillos del Museo Nacional y después se estiraban, poderosas, desde una banca de madera frente a una obra de
Débora Arango. El dibujo de ese cuadro me parecía horroroso, pero los martes Victoria quedaba obnubilada, cuando entraba a la hora del almuerzo a mirar pinturas y esculturas.
Al fin puede invitar a Victoria a un café. Me contó de la desaparición, hacía tres años, de su novio Rafael, quien se había desvanecido en el trayecto de Bogotá a Medellín. Ella lloraba en silencio, en 1989, mientras extrañaba a novio.
Después de contarnos esa tragedia, nos enamoramos, pero nunca la vi feliz. Había un peso en sus hombros, sobre sus piernas maratónicas. Ella no podía soliviantar esa angustia de no encontrar a Rafael. Luego perdí el rastro de Victoria: la vida nos extravió en nuestras ilusiones no compartidas.
Más de 100.000 mujeres, novias, esposas o madres de desaparecidos, deambulan pesarosas por Colombia.
- Temas relacionados :
