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La historia de Ricardo Tamayo Blandón es la de alguien que nunca dejó de crear y hoy transforma el trabajo en oportunidad para otros.

En el municipio de Quimbaya casi todos identifican a Ricardo Tamayo Blandón. Algunos lo recuerdan por sus primeras artesanías, otros lo han visto trabajar y muchos han tenido en sus manos piezas de su taller.

Ricardo es de los que aprendió haciendo, equivocándose y volviendo a intentar. Sin embargo, nunca imaginó que lo que empezó como una ayuda familiar y un pasatiempo, hoy sería un emprendimiento con más de nueve años de trayectoria, en el que crea piezas de arte láser con identidad regional.

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¿Qué recuerda de los primeros años emprendiendo?

Empecé muy joven, a los 15 años. Ayudaba a mi mamá con ventas caseras, rifas, cositas sencillas. Eso era muy satisfactorio para mí porque de ahí salía para mis estudios, para el uniforme y para salir adelante. Un día, por iniciativa de un grupo de amigos, hicimos accesorios personales con semillas, piedras y una variedad de elementos para hacer manillas y pulseras. La idea principal es que fuera un pasatiempo; nunca me imaginé que eso sería lo que iba a hacer el resto de mi vida.

 

¿En qué momento decidió salir a la calle y ofrecer su trabajo?

Frente a la iglesia principal había un espacio donde se reunía mucha gente los fines de semana; en ese momento tenía unos 18 años. Mi mamá trabajaba en un billar y a las mesas les habían cambiado la tela, le pedí una y así empecé. Sin embargo, tuve que vencer muchos temores. Nunca he sido un hombre de vicios y, aun así, ese era uno de mis miedos, principalmente por el señalamiento y el prejuicio que existe hacia lo que algunos llaman el mundo hippie.

Pero me arriesgué, lo hice sábados, domingos y festivos, y ese fue el momento en que empecé a romper el hielo con mi vida. A pesar de esto, hice otras labores: fui bombero, vigilante, hice muchas cosas, pero siempre terminaba regresando a las artesanías. Yo no sé de dónde salió ese talento, pero siempre estuvo ahí.

 

¿Cuándo llega el arte láser a su historia y cómo se da ese cambio?

Fue en medio de un momento difícil. Después de estar más de 12 años en el antiguo teatro, nos sacaron con la ilusión de volver, pero no pasó. Estuvimos trabajando en carpas en el parque por un año. En ese tiempo mandé a hacer un trabajo láser que costaba 500.000 pesos, pero me quedaban mal. Entonces pensé: “¿y si compro yo la máquina?”.

Con ahorros destinados inicialmente a la vivienda, préstamos y muchos sacrificios, compré la primera máquina en septiembre de 2015.

Todo se fue dando muy lento, pero muy seguro. Yo investigué mucho, miré fotos, videos, busqué quién me respaldara. Así compré la primera máquina, y aquí empezó Artelaser Quimbaya.

 

¿Qué pueden encontrar las personas que visitan el taller?

Nosotros trabajamos con figuras icónicas de las regiones. En la región cafetera hacemos la chapolera, el Willys, la máquina despulpadora de café. También realizamos juegos tradicionales como el juego de rana, la máquina Singer, imanes decorativos, pesebres, faroles y piezas personalizadas. Atendemos tanto a empresas como a personas que tengan ideas de emprendimiento; les ayudamos a diseñar, con los portes a un buen precio, o a quienes solo quieren un detalle especial.

 

¿Qué es lo más valioso de este proyecto para usted?

Para mí lo más importante es la gente. Me volví un poco adicto al trabajo por la pasión que siento. En este lugar somos entre ocho y nueve personas de manera constante. Está el amigo, el familiar, la madre cabeza de hogar, el joven que estudia en la universidad, pero tiene un tiempo libre. Se les brinda oportunidades, incluso para trabajar desde casa. Se convierte en una dinámica muy bonita, porque le puedo explicar a un menor de edad, lo lleva a su casa y terminan involucrándose los papás, los abuelos, personas con discapacidad. Encuentran qué hacer con sus vidas, les da propósito y aun así, pueden ganar algo de dinero.

 

¿Qué mensaje le daría a quienes están empezando a emprender?

Emprender no es fácil. No dejen de soñar. Es una lucha constante y no se puede descuidar. Todo necesita dedicación, detalle y compromiso. Yo sigo siendo inquieto, sigo soñando, y mientras mis manos estén ocupadas, mi mente también lo estará.


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