Su historia, marcada por la desaparición de su madre y el desarraigo, hoy inspira y vela por la comunidad afrodescendiente, mujeres y niños en Calarcá mayormente.
A pesar de las dificultades de la vida, los malos momentos provocados por otras personas, los golpes de la existencia y la injusticia de vivir en un mundo donde aún se rechaza a otros por el color de su piel, sigue firme y en pie de lucha Fulbia Aurora Hurtado Martínez, una mujer dedicada a la defensa de los derechos humanos de las personas afrodescendientes de Calarcá y el Quindío.
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Fulbia Aurora es oriunda de Tumaco, Nariño, de la vereda Chilví. Llegó al Quindío en 1998 con sus dos hijos, producto del desplazamiento forzado que vivió a los 24 años. Su madre fue desaparecida por grupos armados cuando los obligaron a desalojar sus tierras, y desde entonces, a pesar del tiempo y del silencio, ella mantiene viva la esperanza de reencontrarse con ella.
Desde niña aprendió la bondad de trabajar y la paciencia del campo. En Tumaco sembraba papa, plátano y cacao, pescaba y cocinaba. Dejó atrás esos cultivos, las tradiciones afro que la vieron crecer y el sabor del pescado ‘tapado’ que aún hoy extraña. Llegó al Quindío sola, sin estudios, con miedo, dos hijos pequeños, una maleta liviana y un dolor imposible de nombrar.
Aquí empezó desde cero, aprendió a leer y escribir cuando su hijo le puso enseñar, levantó a sus niños “como Dios quiso”, trabajó en lo que pudo y encontró en la defensa de los derechos humanos no solo una causa, sino también una forma de sanar y acompañar a quienes, como ella, fueron arrancados de su raíz.
Su liderazgo en Calarcá, especialmente con mujeres y niños afrodescendientes, la hizo merecedora este año de una exaltación del gobierno del Quindío, que le otorgó la placa distintiva departamental como reconocimiento a su labor ejemplar en la defensa de los derechos humanos, su entrega social y su compromiso permanente.
¿Cómo fue empezar de nuevo en un departamento que no era el suyo?
Triste. Uno extraña la tierra, el pescado, las costumbres, la gente. Extraña todo. Pero uno se adapta. Todo se supera.
¿Cómo llegó al trabajo comunitario y a los derechos humanos?
Empecé acompañando a Alexander, mi hijo, que también trabaja con la comunidad afro. Hacíamos actividades para los niños, ollas comunitarias. Me fue gustando.
Después entré a la Mesa Municipal de Derechos Humanos de Calarcá. Nos pusimos a pensar que muchas veces las personas afro somos relegadas de muchas cosas, por eso me parece importante sensibilizar a la comunidad.
¿Cuál es su labor con la comunidad afrodescendiente?
Trabajo mucho con mujeres y niños. Buscamos capacitaciones, espacios de participación, apoyos para vivienda, oportunidades para mostrar nuestra gastronomía y cultura. Queremos que sepan que nosotros también tenemos derechos.
¿Ha vivido situaciones de discriminación?
Sí, muchas veces. A veces lo insultan a uno o lo humillan. Pero uno aprende a llevar las cosas con calma. Si puedo, hablo con la persona. Si no, me quedo callada o acudo a las autoridades. No me igualo a pelear.
¿Cómo define usted a una persona afrodescendiente?
Somos personas alegres. Tenemos una sonrisa bonita, hacemos amistades rápido, somos fraternales. Cuando veo una persona morenita, la saludo con cariño.
¿Qué sintió al recibir las exaltaciones del gobierno del Quindío?
Alegría, orgullo. Porque sí me las merezco. Yo he trabajado por mi comunidad. Nunca los he dejado solos. Agradecí primero a Dios, al señor gobernador Juan Miguel Galvis Bedoya, al administrador Diego Alexander Santa María Tabares, del área de Derechos Humanos y Atención a la Población, al comité evaluador y a mi familia.
¿Cuáles son sus planes ahora?
Seguir trabajando por la juventud, por las mujeres, por la niñez, por el adulto mayor. Ayudar a todo aquel que lo necesite.
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