Entre lienzos, colores y formación comunitaria, este artista quindiano ha hecho del arte una herramienta de reflexión y transformación social.
En Pijao, uno de los municipios más tranquilos, bellos e inspiradores del Quindío, existe un lugar donde el tiempo parece desacelerarse frente a la prisa que impone el estilo de vida actual. Un espacio donde aún es posible sentir, pensar y crear sin afanes. Se trata del taller Soy Pijao, dirigido y creado por José Hernández, pintor, escritor y profundo amante del arte.
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A los 12 años, Hernández fue llevado por uno de sus hermanos a Venezuela, país en el que tuvo su primer acercamiento formal a la pintura. Hacia 1989 integró el Boulevard de los Pintores de Mérida, un reconocido punto de producción de pintura al óleo y de encuentro cultural, donde confluyeron artistas, transeúntes y jugadores de ajedrez. Allí, su interés por el arte no solo se consolidó, sino que se amplió hacia una comprensión más profunda de la creación artística.
Nacido en La Playita, uno de los sectores más vulnerables de Pijao, José Hernández se formó entre carencias económicas, viajes tempranos y aprendizajes autodidactas que lo llevaron a Venezuela y a distintos escenarios culturales de América Latina. En más de tres décadas de trayectoria ha participado en más de 50 exposiciones internacionales. Aunque asegura que no vive del arte, sino de la pintura, su vida entera está atravesada por la creación, la formación de niños, jóvenes y adultos, y una postura crítica frente a la realidad social, política y cultural del país.
Desde su taller que funciona también como espacio comunitario y escuela gratuita, Hernández reflexionó sobre el arte contestatario, el abandono institucional de la cultura, su amor por Pijao y la necesidad de formar artistas con conciencia, no solo con técnica.
¿Cómo fue su primer acercamiento al arte?
Desde muy pequeño. A los 12 años me llevaron a Venezuela, donde viví bastante tiempo. Mi primer maestro fue Quispe, quien, aunque no fue un pintor reconocido, sí fue quien me sentó frente a un lienzo por primera vez. Gracias a él empecé a entender la pintura como una forma de vida.
Después conocí a un maestro fundamental, Jimmy Soto, quien me inculcó el arte como algo ético, no comercial. Incluso una vez me negó enseñarme serigrafía porque decía que yo era artista, no comerciante. Hoy agradezco profundamente esa decisión.
¿Cómo fue su formación académica en arte?
He estudiado en distintos espacios, pero no terminé una carrera universitaria como tal. Realicé cursos y diplomados en grabado, serigrafía, fotoscreen, grabado en metal y madera. También estuve en la Universidad Nacional Ezequiel Zamora, en Barinas. Mi formación ha sido constante, aunque no tradicional.
Ha participado en exposiciones nacionales e internacionales. ¿Cómo ha sido ese recorrido?
Muy intenso. He participado en más de 50 exposiciones internacionales. Desde finales de los años 80 comencé a presentarme en salones nacionales e internacionales y le tomé gusto a exponer. También he sido organizador de salones de arte, incluso con temáticas complejas como el arte erótico.
¿Cómo define su obra?
He trabajado el surrealismo, el cubismo, el impresionismo y el cinetismo, pero mi línea fuerte es el arte contestatario. Mucha gente lo llama protesta, pero yo prefiero decir que es un arte que cuestiona, que incomoda. No me interesa pintar cosas bonitas solamente; eso lo puede hacer cualquiera.
¿De qué hablan sus pinturas?
Hablan de lo que vivimos: de lo social, lo político, lo humano. Trabajo por series y temas como la inquisición, la necrofilia, el erotismo, la violencia y la memoria. Son temas fuertes, sí, pero necesarios, sobre todo en un país como Colombia.
Su taller funciona también como espacio de formación. ¿Cómo nació esa idea?
Porque vi que mi pueblo estaba abandonado culturalmente. Aquí enseño dibujo, pintura, color y perspectiva, pero también poesía, literatura y teatro. Tengo alrededor de 15 niños y jóvenes, y casi ninguno paga. Más del 98 % de las clases son gratuitas. El arte no puede ser un privilegio. Muchos niños no tienen ni colores, pero tienen talento. Yo vendo mi pintura y con eso comparto. Así de simple.
Vivo de la pintura. Hago paisajes, retratos y trabajos comerciales que me permiten sostenerme. El arte como tal solo lo vendo si me pagan lo que vale; si no, prefiero donarlo. Vivo para el arte, no del arte.
¿Qué opina del estado de la cultura en Pijao?
Está abandonada. La Casa de la Cultura no es una casa de cultura, es una casa de festejos. No hay exposiciones, no hay encuentros de artistas, no hay pensamiento. Eso es muy grave.
A pesar de haber viajado por varios países, siempre regresa a Pijao. ¿Por qué?
Porque amo a mi pueblo. Aquí nací y aquí quiero sembrar. He estado en muchos países, pero mi lugar está aquí, compartiendo con mi gente.
¿Qué viene para José Hernández en el corto plazo?
Viajes a Ecuador y Perú por exposiciones y bienales, recorridos por pueblos, museos y galerías. Y seguir pintando todos los días. Me veo pintando 30 años más, mínimo.
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