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Entre partituras clásicas y acordes de metal progresivo, entre clases de inglés y ensayos nocturnos, ha demostrado que el arte no siempre nace en condiciones ideales, pero sí puede florecer cuando hay disciplina, humildad y amor profundo por lo que se hace.

Katherin Valeria Arenas Villalba, una joven de 25 años, licenciada en Lenguas Modernas de la Universidad del Quindío, es una mujer disciplinada y cuidadosa en sentir el arte de la música, especialmente en tocar el violonchelo, un instrumento musical de cuerda frotada poco común.

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Desde los 15 años, la magia del violonchelo la cautivó por completo y la llevó a ser parte de la Escuela Municipal Luis Ángel Ramírez, donde reafirmó su amor por la música.

En 2024 ganó el concurso interno de Bellas Artes de la universidad del Quindío “Johan Sebastian Bach” lo que le permitió obtener una beca durante un año. En 2025 fue exaltada en el libro Mujeres del Café, que reconoció a mujeres destacadas en la música. Además, ha participado en dos proyectos side by side con la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, interpretando, entre otras obras, la Sinfonía Titán de Gustav Mahler ante el aforo completo del Centro Cultural Metropolitano de Convenciones de Armenia.

Actualmente es integrante oficial de la Filarmónica Juvenil del Café y hace parte de Resonar Ensamble, agrupación independiente que continúa ensayando cada lunes y que participará en el Segundo Encuentro de Chelistas del Quindío previsto para Semana Santa. También integra el proyecto Chelo y Poesía, donde dos violonchelos dialogan con versos recitados por la periodista Judith Sarmiento y ritmos colombianos.

Katherin se define como una mujer disciplinada, poco sociable al inicio, pero cálida cuando se le conoce. Como el violonchelo,es imponente por su tamaño, pero noble en su esencia.

 

Estudió Lenguas Modernas, pero su sueño era la música…

Un poco sí, pero también entendí que todo es proceso. Entré a la universidad muy pequeña. Estudié inglés, que me gusta mucho, y nunca dejé la música. Era como tener una doble vida: aquí soy la profesora de inglés y cuando voy a Pereira soy chelista. En la orquesta me dicen Hannah Montana por la doble vida que llevo.

 

¿Qué tan difícil fue formarse sin haber empezado desde niña?

Muy difícil. En la música clásica hay muchos privilegios. La mayoría empieza a los 3 o 5 años. Yo empecé a los 15, que es tarde. Sentí estigmas, comparaciones, incluso discriminación. Pero decidí no rendirme. No soy un prodigio, pero soy disciplinada. La música me enseñó constancia.

 

Ha tocado con la Sinfónica Nacional de Colombia. ¿Qué significó eso para usted?

Fue increíble. Pensar que empecé casi que sin apoyo y terminar tocando la Primera Sinfonía de Mahler con los mejores músicos del país, fue un sueño. Además, ver el centro de convenciones lleno me demostró que en Armenia sí hay público para la música clásica.

 

¿Cómo describiría el violonchelo si fuera una persona?

Es noble y sencillo. No tiene que gritar para hacerse sentir. Puede ser profundo, sensible, imponente. Yo me veo reflejada en él. A veces parezco seria y distante, pero cuando me conocen se dan cuenta de que soy cálida. El chelo es igual.

 

¿Qué siente cuando está en escena?

Antes solo sentía nervios. Ahora disfruto. A veces me pongo a llorar tocando, porque pienso: “Estoy aquí, haciendo lo que amo”. Se apagan los pensamientos, el autosabotaje, y solo queda la música. Me identifico mucho con la película Soul. Es ese momento en el que todo fluye.

 

¿Qué músicos la inspiran?

Santiago Cañón Valencia me parece increíble, no solo por su talento sino por su humildad. También admiro mucho a Deiner Hurtado, porque su música es hermosa y, aunque en Europa la reconocen mucho, aquí no tanto. Me inspiran los músicos sencillos, los que no se dejan llevar por el ego.

 

Un consejo para quienes quieren dedicarse al arte.

Disciplina. No esperar a que llegue la motivación perfecta. No compararse. Entender que todo es proceso y que los resultados no son inmediatos. Y creer en uno mismo. Cuando gané el concurso de Bellas Artes y obtuve la beca, entendí que sí puedo.

 

¿Una obra que siempre la conmueva?

La Quinta Sinfonía de Tchaikovsky. También Mahler y Dvorak. Son obras que cuentan historias, que tocan fibras. Una vez estuve sola como única chelista en un ensayo y fue un momento muy fuerte, pero también muy poderoso. Ahí confirmé que sí tenía con qué.

 


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