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Alejado de la vanidad literaria, Orlando Torres García, el ‘poeto’ calarqueño defiende la vida a través de la palabra cruda, real y profundamente humana. La calle es su escuela y la experiencia en su único lenguaje poético.

Lunero Páez nació cuando tenía 18 años y necesitó un seudónimo para participar en Pereira en un concurso de poesía religiosa. En cualquier caso, Orlando Torres García es descrito como un poeta particular y experimental del Quindío. 

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Es oriundo de Filandia, aunque,como él mismo aclara, “allá solamente me parieron”. Se considera plenamente calarqueño. Se graduó de la Institución Educativa Robledo de Calarcá y hace parte de una familia de ocho hermanos. Su niñez fue difícil porque huyó de su casa a los ocho años, tuvo que trabajar desde niño y fue señalado por sus propios padres como “loco”, aunque para él siempre fue ‘poeto’.

Con la firme convicción de dar a conocer sus poemas, creó el plegable ‘Tempestad de Ausencia’, que circuló durante más de diez años por buses, colegios, pueblos y ciudades, y que llegó a costar apenas $20. Así llevó la poesía a la calle, sin intermediarios.

Tras recorrer las frías calles de Bogotá, publicar su primer libro Fugaciones y sentir como él dice “nostalgia de sí mismo”, regresó a Calarcá a los 23 años. Inició estudios de topografía en la Universidad del Quindío, que luego abandonó, hasta encontrar su lugar en el SENA, donde se formó como tecnólogo. El arte lo encontró construyendo casas y siendo maestro de obra, oficio al que se dedica actualmente.

Entre sus creaciones literarias se encuentran Fugaciones (1994), Desvuelos (2002), Labélula (2005), Ardilodios (2015), Mis Dolorios y Los Poemutas de mis Pluminas. En alguna ocasión fue comparado con el Profesor Gaviota, un personaje de las calles de Nueva York que abandonó las aulas para vivir como poeta, vagabundo y bohemio.

Hoy, su perfil hace parte de la exposición Rostros, Voces y Patrimonio, una galería a cielo abierto en la Calle 40 de Calarcá que reconoce a personajes fundamentales de la memoria cultural de Calarcá. Para Orlando, ese gesto no es un homenaje personal, sino una oportunidad de servir, estar ahí, incomodar, recordar que la poesía también pertenece al espacio público. En Burlando Torres, la genialidad y la locura conviven sin pedir permiso.

 

¿De dónde salió el nombre, Lunero Páez?

 

Tenía 18 años. Uno de muchacho con la luna, con sentarse a acariciarla, todas esas pendejadas. Y Páez fue por homenaje a los paeces, porque fui caminante muchos años, estuve con ellos en la selva.

 

¿Cómo describe el trabajo de escribir poesía?

No. Mi trabajo es vivir como vivo. Es escribir desde la vida real. No escribo cuando me siento inspirado, escribo porque eso es lo único que sé hacer desde niño. La poesía no es un oficio que se prende y se apaga; es una condena.

Usted usa un término particular, “foesía” en vez de poesía. ¿Qué significa eso?

La poesía tiende a embellecer, a maquillar las cosas. La foesía no. La foesía dice la verdad, incluso cuando duele. Es una poesía más agreste, más cruda, más honesta. No nace de la imaginación sino de la experiencia. Todo lo que escribo me pasó.

 

¿Cómo nace un poema suyo? ¿Cuál es el proceso?

Siempre hay una anécdota detrás. Una conversación, una caminada, una decepción, una mujer, una rabia. No me siento a inventar nada. Lo vivo primero y luego lo escribo. Cada poema tiene su historia real.

 

Uno de sus primeros trabajos fue vender poemas en la calle. ¿Cómo fue esa experiencia?

Mandaba a imprimir un plegable y lo vendía en los buses o en los colegios. Me subía, declamaba el poema y el que quisiera lo compraba. Nunca obligué a nadie. Era una forma digna de vivir de la palabra y fue mi manera de llevar la poesía al público. Duró casi quince años circulando. Con eso recorrí colegios, pueblos y ciudades. Muchos no me dejaban entrar, otros sí. Ahí aprendí a resistir.

 

También publicó un libro llamado “Fugaciones”. ¿De qué trata esa obra?

Fugaciones es la reunión de poemas de un joven: aventuras amorosas, desengaños, caminadas, pérdidas. Todo está basado en vivencias. No hay fantasía. Es un libro honesto.

Usted es particularmente conocido porque escribió sus poemas en las paredes de su casa, ¿Por qué decidió proceder de esta manera?

Fue a raíz de una anécdota, porque me prometieron publicar un libro y no se cumplió, ese día duré medio día esperando a que me atendieran de una institución dedicada a promover y fomentar el desarrollo cultural en la región. Entonces, esperé para que no me dieran razón de nada y entendí que no necesitaba editor ni permiso.

Las paredes también son hojas blancas. Estuve 150 días sin salir de la casa, escribiendo sin parar y por esa experiencia la gente me empezó a tildar de loco, simplemente porque no salí de mi casa y me dejé crecer el pelo y la barba, algo que siempre había querido hacer, me vi en el espejo y me gustó lo que vi, me acepté tal cual. Pero la gente paraba en mi casa, leía, tomaba fotos. Mi casa se volvió un libro abierto. Eso era lo que yo quería: que la poesía no se encerrara.

 

¿Qué lugar ocupa la calle en su trabajo poético?

La calle es mi escuela. Llevo más de diez años sentado todos los días en la plaza de Bolívar de Calarcá, de seis a ocho y siempre a las once de la mañana, porque a esa hora a las palomas les da hambre y les doy alimento. Sé que a ellas les da hambre a esa misma hora porque observé mi entorno y entendí el comportamiento de ellas luego de tantos años, a esa hora siempre vienen a buscar el alimento porque les da hambre. Ahí está el mejor teatro del mundo. Ahí está la verdad.

 

Ha cambiado de pseudónimo: de Lunero a Burlando. ¿Por qué?

Lunero duró treinta años mendigando espacios. Burlando nació después de un accidente. Entendí que este país es una burla, y yo también. Pero ya no desde la ingenuidad, sino desde la conciencia.

 

Actualmente estás trabajando en un nuevo libro. ¿De qué se trata?

Se llama ‘Destrellos’. Es una obra donde están mis poemas, pero también los cánones para quien quiera ser poeta. Es como una escuela poética.  Allí dejo en claro que para ser poeta hay que decir la verdad. Que hay pasos que seguir, que la poesía no es adorno ni vanidad. No es para gustar, es para decir.

Como el trabajo de alguien que no escribió para quedar bien, sino para no mentirse. No vine a ser famoso. Vine a servir. Y la poesía fue la forma que encontré para hacerlo.

 


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