Filósofa, lectora apasionada y docente del CASD, lidera espacios como el Club de Filosofía y el Foro Municipal de Filosofía, donde niños y jóvenes aprenden que pensar distinto no es una amenaza, sino una riqueza.
Hay docentes que enseñan contenidos y otros que enseñan a mirar el mundo, siendo un refugio de calma para sus estudiantes con una envolvente voz de tranquilidad que invita al diálogo, es así como se percibe a la docente María Magdalena Torres Botero de la Institución Educativa CASD de Armenia.
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Filósofa de formación —graduada del programa de Letras y Filosofía de la Universidad de Los Andes en Bogotá—, lectora apasionada desde la adolescencia y maestra por vocación descubierta , con una trayectoria educativa marcada por la pregunta, la sensibilidad social y la defensa de lo humano en tiempos de certezas fáciles.
Nació en Villavicencio, pero su vida se tejió entre Bogotá, Cartagena y, desde hace más de una década, en el Quindío, tierra de raíces maternas a la que llegó buscando calma y terminó encontrando propósito. Trabajó en entidades culturales del Estado, fue editora, gerente de la librería Ábaco de Cartagena, y durante años creyó que la docencia no era para ella. Hasta que lo fue y en la actualidad es su todo.
Es docente del CASD, donde orienta filosofía y lenguaje, lidera el Club de Filosofía, el grupo Teatro Necesario y el Foro Municipal de Filosofía, institucionalizado hace 5 años, espacios donde la reflexión crítica es una experiencia viva para niños y jóvenes. Su trabajo le ha valido reconocimientos como la segunda Orden Telvina López este 2026, luego de una primera que obtuvo en octubre de 2021. María Magdalena insiste en que los verdaderos logros se miden en silencios pensados, preguntas nuevas y estudiantes que se atreven a dudar.
¿Dónde nació María Magdalena Torres Botero y cómo fue su formación académica?
Nací en Villavicencio, pero crecí y viví casi toda mi vida en Bogotá. Soy hija de dos abogados, así que en mi casa el derecho era casi una tradición, pero nunca quise ser abogada. Llegué a la filosofía casi al final del colegio, cuando entendí que eso que me gustaba: leer, hacer preguntas, dudar tenía un nombre, filosofía.
¿Cuándo aparece la docencia en su vida?
De manera completamente inesperada. En la universidad decía que jamás iba a ser profesora. Pero en Cartagena, por el horario de mi hijo, acepté una entrevista en un colegio. Nunca había dado clase. Entré como profesora de lenguaje y filosofía, fue como si me hubiera caído un rayo. Me enamoré de la docencia, del aula, de ese encuentro diario con los estudiantes. Desde entonces no quise hacer nada más.
Trabajó en colegios privados y públicos. ¿Qué diferencias ha encontrado en estos entornos tan distintos?
He aprendido que el colegio privado es mucho más difícil de lo que uno cree. Los estudiantes tienen más recursos, pero muchas veces están más solos. En la educación pública uno entiende de verdad el país. Entiende que detrás de cada estudiante hay una historia compleja. Aquí, en lo público, siento que lo que hacemos tiene un impacto real y los estudiantes se esfuerzan realmente por entender y buscar cambiar su realidad, de que el estudio sí puede cambiar una vida.
¿Qué le ha enseñado la educación oficial?
Que el aula no es solo un lugar para dictar contenidos. En un salón hay niños que no desayunaron, que tienen depresión, que viven violencias. El profesor tiene que ser también un lugar seguro. Alguien me dijo una vez: “Profe, cuando usted entraba al aula, usted era mi lugar seguro”. Eso no se olvida nunca.
¿Por qué la importancia de la filosofía en una sociedad que suele subestimarla?
Porque la filosofía no sirve para nada… y por eso es tan necesaria. No está al servicio del dinero, ni del poder, ni de la utilidad inmediata. Sirve para cuestionar. En una época de inteligencia artificial, noticias falsas y discursos autoritarios, si no aprendemos a preguntar, la democracia no sobrevive. La filosofía defiende lo humano. El valor está primero en que no le sirve a los políticos, no le sirve a la religión, al contrario, es peligrosa para para los políticos y para la religión. Es peligroso cuando me hago preguntas y cuestiono todo, no quedarme con una respuesta solamente. ¿Qué significa ser un ser humano?, ¿Qué significa amar?, ¿Qué significa ser bueno?
¿Cómo nace el Club de Filosofía y el grupo Teatro Necesario?
El teatro nació por una intuición, necesitábamos un espacio para cuestionarnos desde el cuerpo y la emoción. El Club de Filosofía surgió cuando unos estudiantes me dijeron que querían reunirse a hablar de la vida. De ahí nació la revista Herejía, porque hereje es el que piensa distinto. Son espacios donde se dialoga sin miedo, donde pensar diferente no es una amenaza sino una riqueza.
¿Cómo asumió recibir por segunda vez la Orden Etelvina López?
Con mucha gratitud, pero también con pudor. Siento que esos reconocimientos representan un trabajo colectivo: estudiantes, colegas, instituciones. Nada de esto se hace sola.
¿Cómo quisiera ser recordada como docente?
Como alguien que puso a pensar a los estudiantes. Si alguno dice: “Me acordé que usted me hizo pensar”, para mí eso es el éxito total.
Visualizo mis últimos días como docente trabajando con niños en una escuelita rural, porque siento que mi vida tiende a la sencillez, o sea, entre más silencioso, sencillo, tranquilo y pequeño sea, mucho mejor y ojalá cerca al mar, sí me visualizo terminando mi carrera como docente en un lugar rural.
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