Mario, con su texto testimonial, me hizo recordar una pelea que casé en La Batea, cerca de mi escuela La General Santander.
Casé la pelea a las 7.05 de la mañana y viví un infierno esas horas porque el duelo a puños era a las 12.30, a la salida. El miedo era mi santo y seña. Entonces, no tuve otro remedio que decirle a mi hermano que Tulio, mi adversario, nos había mentado la madre a los dos, que lo incluyó a él, por solidaridad genética y de manera explícita, en ese salivazo verbal. Norberto, llamado también Supermán, mi hermano menor, se hizo cargo. La tunda que le dio a Tulio aún debe recordarla media escuela, los que sobrevivan.
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Mario Cárdenas es inteligente, crítico, escritor y un especialista en narrativa gráfica. El cómic es esencial en su mundo. Licenciado en español y Literatura, es editor de la Revista Blast, un medio digital que hace divulgación de la historieta en Colombia.
En el 2018 obtuvo el premio Nacional de periodismo Simón Bolívar por su entrevista al dibujante de historietas documentales Joe Sacco. Hizo la maestría en Narrativa gráfica del Centro de Estudios de la Fundación para el Estudio de Ciencia y Artes de Guadalajara, México.
Mario Cárdenas cada rato camina su Ciudad sobre letras. Es un joven que, al ser además un gran gestor cultural en Medellín, recuerda a Calarcá, la dibuja y escribe. Calarcá en femenino, claro, porque es una ciudad construida sobre el sueño de las palabras.
Ciudad sobre letras, un concepto inaugurado por la administración municipal, por Joaquín Mora, el alcalde Sebastián Ramos y Johan Rodríguez, trasciende ya el viejo y bello cliché de la cuna de poetas.
Entre dibujar y escribir
Mario Cárdenas
¿Dónde está el niño, Calarcá lejana?
¿Dónde el niño, pies ágiles de otrora?
Está en tu aire, está en tu viento, mírale,
no lo retengas más, dámele ahora.
Yo digo Calarcá, Luis Vidales
Tengo unas secuencias de imágenes grabadas en mi memoria que se repiten y se cortan como una mala señal de televisión: son las imágenes de un lector.
Veo las imágenes y las recuerdo así: entre el año 91 o 92, de camino o regreso a la antigua sede del Colegio John Dewey, entre las carreras 24 y 25, y las calles 40 y 41 de Calarcá, vi muchas veces a un hombre leer mientras iba caminando.
Era un cuerpo espigado y blanco como un poste; cuando avanzaba rápidamente por los andenes sostenía un libro a la altura de su cara. El hombre, supe después, era un escritor. El escritor aún vive y camina por el pueblo. Ahora imagino que de tanto leer caminando se ve más joven; parece que de tanto tragar letras ha absorbido los años.
Pero no fue esa imagen fantástica la que me impulsó a leer y a escribir.
Por más que creyera que leer era un acto público o una acción que exigía un compromiso hasta en el desplazamiento. Y tampoco me impulsaron a leer y escribir las visitas a la biblioteca de la Casa de la Cultura, donde lo máximo que hacía por dispersión era fijarme en la primera y última página de un álbum de historietas.
Tampoco leí con atención y cuidado en la biblioteca escolar de la antigua sede del Colegio Antonio Nariño, ni en la biblioteca del colegio Rafael Uribe Uribe, ni en la del Instituto Calarcá, donde el profesor Carlos Fernando Gutiérrez insistió, sin mucha suerte, que debíamos leer autores quindianos, o en la biblioteca del Jorge Robledo porque en el único año que estudié allá nunca la conocí.
Y fue mejor así; que el tiempo lo gastara jugando fútbol en la cancha de tierra del Robledo, que es, de lo poco que queda de la vieja arquitectura campestre del colegio, que después del terremoto aprovecharon para tumbar. Luego construyeron sobre las ruinas esos diseños que se parecen a los de una penitenciaría.
Lo que sí disfrutaba con pasión era jugar en las calles canchitas o todo tipo de juegos. Pasar la vida y ese tiempo jugando bolas y escondite o en largos paseos en bicicleta a las veredas del pueblo. Descender a Quebrada Negra por unas carreteras angostas hasta llegar a una llanura de tierra como la que describe Gloría Cecilia Díaz en el Valle de los Cocuyos.
Eran viajes en los que no había que gastar un solo peso: la voluntad del pedaleo, sumada a las decenas de guayabas dulces y agrías que estaban en el piso de la carretera, era suficiente.
No hay entonces una imagen de iniciación. Los únicos libros que había en la casa eran los textos escolares y una pequeña colección de publicaciones editadas por La Watch Tower Bible. Nadie leía, en el ambiente sucedían otras cosas que leer jamás podrá reemplazar. Además de eso, del camino marcado para otras cosas, lo que sí quería era dibujar. Y dibujé mucho.
Recuerdo que la profesora de tercero en el Colegio John Dewey me pasaba la cartilla y me encargaba una reproducción de una de las ilustraciones para que mis compañeros copiaran mi versión. Mientras iba dibujando la copia con tizas de colores sobre la pared verde, a una escala que fuera visible, los demás hacían su dibujo en el cuaderno.
Sin proyectores o pantallas a la mano la tecnología era otra, un dibujo de un dibujo. Dibujé también en concursos que se hacían en jornadas recreativas en el Alto del Río. En uno de ellos gané un lapicero gordo que traía linterna. Un lapicero que alumbraba ideal para los días en los que una borrasca o los cortes de energía nos dejaban sin luz.
Y como no me pude dedicar a dibujar y hacer de esa práctica que precede a la escritura un oficio por alguna razón que no recuerdo ahora, terminé estudiando literatura y escribiendo. La escritura que también es dibujo parece que ha reemplazado ese talento no desarrollado.
Mejor así. Aunque entre una cosa y la otra, entre letras y dibujos que son la misma cosa, aprendí a leer no solo la última y la primera página de un libro de historietas.
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