Elías Mejía leyó su texto “Entre sepulturas y teclados” en la presentación a la comunidad por parte del gobernador, Juan Miguel Galvis, de la obra urbana Ciudad sobre letras, el 29 de diciembre pasado. Elías, un poeta moderno, llamado El profeta por algún Nadaista, contó cómo se hizo lector en Calarcá.
Luego en su vida escribió poesía, con un tono vanguardista, y nos recordó que la literatura también tiene erudición, musicalidad, juego, fina ironía y un trasfondo universal que nos incluye a todos. Traductor, además, nos mostró grandes poetas occidentales. Elías es un caballero, como pocos, un hombre antiguo, tal vez conservador en la mejor acepción del vocablo, pero con la destreza de la innovación en la palabra escrita.
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El gran dirigente gremial, El profeta, el poeta brillante, camina entre café y cafés por su Ciudad sobre letras, Calarcá.
José Nodier Solórzano Castaño
Entre sepulturas y teclados
Elías Mejía.
Nacer en el seno de una población cuyo destino literario desde su fundación había comenzado a construirse, fue un regalo del destino. Si bien el grueso de la población calarqueña no está tocado por esta inclinación, el grupo en el cual me he movido durante la mayor parte de mi vida, ha cifrado su valía en el hecho de tener relación con los libros.
Alguno de esos amigos del grupo comenzó a escribir y editar sus obras desde la adolescencia en forma dedicada y profesional.
Hubo otros que tuvieron el privilegio de tener en casa de sus padres grandes bibliotecas o un pasado literario familiar considerable. Pero los demás comenzamos a leer en las pequeñas bibliotecas de las casas y de los colegios, integrando grupillos de conversadores que nos reuníamos a comentar sin mayores profundidades las historias halladas en esas páginas.
Pertenecí a un grupo de grandes lectores y declamadores. Era además un grupo notable, acabado de llegar de Europa, en la época en que todavía desde Calarcá era mítico viajar a esas tierras lejanas. Éramos cuatro personas más o menos bien informadas del asunto artístico y literario. A mediados de los años setenta, habíamos regresado de Europa cargados de aventuras y yo con el acervo cultural derivado de mi relación con un grupo de estudiantes de literatura hispanoamericana, que conocí en Montpellier, en la universidad Paul Valery.
No éramos ajenos al deseo de figurar en letras de molde, pero muchas veces nos ganaba la bohemia y nos perdía la falta de método, porque carecíamos de escuela en el sentido académico del término. Lo nuestro era gusto natural por la literatura y buen tino para escoger a los escritores de la época dignos de leerse y aprenderles, por ejemplo los integrantes del Boom, cuyas obras ya circulaban por las facultades de literatura de las universidades europeas.
Mi afición por la lectura comenzó con las novelas prestadas por la señora Pastora Vega, amiga de mi familia y esposa del encargado del cementerio de Calarcá. Pasé en su casa muchas horas, de visita con mi madre y mi abuela.
Pastora fue una conversadora insuperable. Siempre había en su casa visitantes, que iban a disfrutar su parla mientras la observaban fumar un infaltable cigarrillo Pielroja. Era curioso ver cómo parecía que el humo del cigarrillo inhalado con deleite, se multiplicaba en sus pulmones antes de volver a salir y llenar con sus volutas el cuarto donde se juntaban a oírla platicar.
Pastora, me prestó a Xavier de Montepín y a Eugenio Sue, escritores franceses del siglo XIX. Montepin escribió numerosas novelas por entregas, que alcanzaron gran popularidad, con temas de intriga, misterio y aventuras urbanas. Dos de esas novelas fueron: El médico de las locas, de cuyo argumento recuerdo a un padre que envía al asilo mental a su hija, y las aventuras derivadas de ese foco dramático; la otra novela, cuya trama era la de una vendedora de pan involucrada en los dramas sociales de la época, se titulaba La panadera.
De Eugenio Sue, me prestó Pastora Los misterios de París, “historia de un noble disfrazado de obrero que recorre los bajos fondos de París para socorrer necesitados y castigar criminales, enmarcando así la historia de la miseria y la corrupción social del siglo XIX parisino en un retrato crudo”.
De Pastora escuché por primera vez la palabra adefesio, en lugar de disparate. Una palabra culta que no se acostumbraba en los círculos comunes. Entre finales de mi niñez y comienzos de mi adolescencia, la lectura y el gusto por el buen decir fueron actos iniciáticos que partían incluso de la esposa del encargado de los sepulcros, lo cual, para quien no lo haya vivido, puede parecer una invención literaria.
Pasé los primeros años de vida en el campo, no lejos de Calarcá. De niño, mi madre solía llevarme al cementerio cercano durante los días de difuntos, a visitar mausoleos y llevar flores recién cortadas para los pequeños búcaros que adornaban las tumbas. Mamá leía y entonaba responsos, sin cometer ninguna equivocación al leer; algo quedó de ello en mis maneras de apreciar la lectura. Allí hice un aprendizaje inconsciente de armonía y reverencia.
Hace poco tiempo, mi imaginación voló cuando supe la ubicación de las ciudades de origen de dos personalidades del arte y el intelecto. De la filosofía, el rumano Emil Ciorán, nacido en Rășinari, una localidad montañosa dedicada al pastoreo y la explotación forestal. Me llamó la atención que un filósofo contemporáneo tan importante, hubiera nacido en esa localidad de alguna similitud con nuestra Calarcá, ubicada en el piedemonte de la Cordillera Central.
Lo otro, que me hizo saltar de gusto y sorpresa, provino de un comentario del famoso director de cine italiano Federico Fellini, cuando en una de sus tantas entrevistas afirmó en tono jocoso, pero reconociendo una cualidad de su ciudad natal, haber nacido en Rimini, una ciudad para viajeros de paso, donde el arte es tan natural que los bueyes tienen los cuernos en forma de lira.
Calarcá, al igual que Rimini, es una ciudad de paso, corazón de las arterias viales de Colombia que, según la investigación de Umberto Senegal y Anid Jocabed, ha tenido a la fecha más de quinientos títulos de libros, publicados por decenas de escritores.
Es justo entonces decir que Calarcá es una Ciudad sobre letras, y no faltará un bromista que asevere algún día que a los calarqueños, recién nacidos, se les recibe con un lápiz y el teclado de una computadora en la cuna y que solo les queda el trabajo de escoger la herramienta para escribir.
